Zorros del desierto (I) – por CHEMA BASTOS

Protagonistas 1Salimos de Madrid el 13 de mayo por la mañana, bajo la protección de la Virgen de Fátima, en una autocaravana alquilada, con el doble objetivo de llegar lo más al sur posible de Marruecos en una semana, y si se puede, volver.  La alineación está compuesta por mi hermano Alejandro, mi cuñado Nacho y el que esto escribe, es decir, un mecánico, un médico y un abogado, lo cual garantizaba a priori que seríamos capaces de resolver cualquier problema que pudiera surgir, a excepción de los que de derivaran del coche, nuestra salud o nuestra situación legal.

Mapa 2Tras hacer acopio de víveres en el Carrefour de Jaén, algunos de ellos esenciales para la vida, como son las cervezas, las banderillas, la chistorra y el gazpacho Alvalle, llegamos tarde para cruzar el Estrecho por Algeciras, así que zumbamos para Tarifa justo a tiempo para coger el último Ferry a Tánger. Vemos poner el sol en esa M-30 del mar que es el Estrecho, y ponemos rueda en Al-Magrihb.  Ya en la frontera un ejército de ayudantes colabora en todo tipo de trámites que por un precio razonable van facilitando, actividad ésta que constituye junto con la venta de productos esdrújulos – fósiles, dátiles y cannábicos – una de las que más aportan al PIB del reino vecino.

Un inspector marroquí de aspecto imponente, con un largo abrigo y no menor estatura, – el Kaiser – nos registra por encima la furgoneta, más por curiosidad que otra cosa, y nos pregunta si llevamos armas. Como no llevamos armas, le decimos que no, y el inspector, como nosotros le hemos dicho que nos llevamos armas, llega a la conclusión de que no las llevamos, y nos deja pasar sin más. Lo que me hace pensar que no hay nada como hablar para entenderse, y que  la guerra de Irak se hubiera evitado con actitudes como ésta.

Ya de noche paramos a dormir en Assilah, un pueblo veraniego en la costa atlántica, y dejamos la autocaravana, por un precio razonable,  en un tipo de establecimiento que nos resultará muy útil a lo largo del viaje, y que vengo en llamar Polivalente, por cuanto ofrece los servicios de aparcamiento, camping, mercado, corral, oficina de turismo, paseo central, puerto de mar, malecón, toilette, y pedregal, y cuyos recursos humanos y materiales se limitan a un solar y un moro con gorra, que por un módico precio te ofrece alojamiento, información y esdrújulos. Cenamos en el puerto a base de pescado, por un precio muy razonable, que nos ofrece un modesto restaurante  – Casa García, regentado por un español – que sin embargo sería con mucho el más lujoso lugar en donde comeríamos a lo largo del viaje.  La calle está, como ocurre en todo Marruecos, llena de gente a cualquier hora, que pasea, charla o toma té a la hierbabuena, y que saluda amablemente en cualquier lengua que haya sido alguna vez hablada: ¿Español? Sí, de Vitoria, les reto. Zer moduz, laguna? Contestan en un euskera elemental, que es justo el que se domina en la capital alavesa.

Por la mañana me levanto temprano,  como es mi costumbre cuando es la holganza lo que hay que alargar, y descubro que la autocaravana está aparcada justo enfrente de mar, en donde decenas de barquitos pescan.

Entablo tertulia con el encargado del Polivalente y su asesor comercial, que me ofrece un cigarro porro y otros productos naturales de la tierra vecina, todo a precio razonable. Me pregunta si soy portugués y le digo que no, pero que curiosamente mi apellido, Bastos, sí lo es. Mientras mi hermano empieza mostrar su capacidad para dormir a la solana de África sin ningún problema, Nacho y yo nos vamos a desayunar a un café cercano. Cuando le pregunto al camarero si tiene algo de comer, me contesta que sí, que por supuesto, pero me acompaña a otro bar, varias calles más allá, en donde me ofrece todos sus productos, por supuesto que a un precio módico. Creo que a eso le llaman externalizar servicios, y es una de las características  de la economía marroquí.  Cuando mi hermano se despierta, visitamos el pueblo, que resulta ser una maravilla, muy marinero y cuidado, con un ambiente muy tranquilo para lo que se estila en ese país. Cuando nos vamos a ir, alguien me grita a lo lejos: “¡¡¡Adiooooós, Bastooooooooos !!!”, para asombro de mi cuñado, que no puede creer que mi popularidad llegue tan lejos.

Recursos 3Atravesamos el oeste del país por su única autopista que discurre paralela al mar, pasamos por los arrabales de Rabat y Casablanca, no muy recomendables, y paramos a comer en un bar de carretera lleno de camiones aparcados, Allí probamos, por una cantidad módica, el Tajine, delicioso plato marroquí de carne y verduras con especias. Mi hermano decide probar un pequeño pimiento de color rojo que deja a los de Padrón a altura de una gominola: los ojos se le salen de sus órbitas, la lengua arde y los niños del pueblo se descojonan de risa.

Llegamos por la tarde a Marrakech, y ya en los arrabales se nos asigna un guía desdentado que nos acompaña en moto, por un precio razonable, hasta un Establecimiento Polivalente similar al descrito, que por el mismo precio moderado nos permite dormir y aparcar cerca del Zoco, bajo un majestuoso minarete.

Zoco 4Nos adentramos en la medina de Marrakech, un lugar como pocos  en el mundo. En un laberíntico zoco centenares de comercios exponen decenas de miles de productos mientras por sus estrechas calles discurren a toda velocidad otras tantas personas, andando, montadas en burro, bicicleta o moto. Contra esta corriente humana, mecánica y animal  se enfrenta mi cuñado en su silla de ruedas, con la ayuda de el que esto os escribe, que se ha sacado estos días el permiso de conducción de estos artefactos.

Dice el viejo chiste que en Suiza no se roba, porque está prohibido. Esto resulta ser literalmente cierto en Marruecos, y uno se da cuenta de que además del veto coránico, sólo el estricto cumplimiento de la norma permite un escenario como el zoco marroquí, en el que un carterista del Rastro se quedaría a vivir. El moro es comerciante, regateador, amigo de la componenda, el arreglo e incluso el chanchullo, y digo yo que la cimitarra es curva para meterla siempre doblada. Pero no es de suyo ladrón, ni violento, ni más mentiroso que lo que resulta cualquier anuncio de televisión.

Salimos del zoco sin comprar nada, y vamos a dar a la amplia plaza de la medina, un poco como el que sale al la superficie después de sumergirse en el mar, soltando el aire. Allí mi hermano presenta una capacidad no menor que la antes indicada para apretarse cualquier alimento que le ofrezcan en los millones de puestos: tortas, berenjenas, brochetas, dulces, dátiles, naranjas, pimientos, y hasta caracoles a la menta…nada es bastante para saciar su curiosidad. Cada puesto se promociona con fórmulas adaptadas a la nacionalidad del turista: “Más rico que el Ferrá Adriá, más barato que el Mercadona”

Antes de echarnos a dormir, cenamos un poquito otra vez, a la sombra lunar del Minarete, que la noche es muy larga y nos puede dar un mareo o hasta agarrarnos la anorexia ésa.

(CONTINÚA)

Caravana 5

Chema Bastos

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