Zapatos, por JAVIER PECES #escritos

Un hábito como otro cualquiera. Conservo un buen número de pares de zapatos que ya no uso, y a pesar de ello me resisto a reciclarlos. A pesar de su validez en sentido estricto, eludiré el verbo “coleccionar” para evitar la confusión. Nada tiene que ver mi muestrario con el de la que fue primera dama en la que fue colonia española de ultramar.

Algunos pares se han ganado a pulso el lugar en mi mueble zapatero.

Para hacer aquel viaje único en el avión más lujoso y soberbio del mundo, tuve que plantarme un domingo por la tarde en las tiendas de un aeropuerto europeo y comprar indumentaria a cargo del banquero con más prisa que los años vieron. Era la única manera de llegar a tiempo a una reunión crucial en la ciudad de los rascacielos. Por supuesto, la vuelta en clase turista, una vez que se disipó el humo de la urgencia. Con el dineral que costó el vestuario de mi minuto de gloria profesional podría taparme de pies a cabeza durante un año y sobraría dinero.

En otra ocasión, unas botas fueron protagonistas de la mayor injusticia que he cometido en todos los días de mi vida. La que compartía mis días en aquellos momentos consideraba vulgares aquellos pelotos mallorquines que compré con toda la ilusión del mundo. Con la crisis matrimonial, la separación y la vuelta a la península se perdieron mis preciados botines. Creí que ella había aprovechado algún momento de confusión para tirarlos a la basura, y esa creencia se mantuvo en mi ánimo durante años. Sin embargo, un buen día asomaron, como si tal cosa, en una limpieza del trastero de la casa de mis progenitores. Disculpas públicas.

Otros zapatos, de esos que se compran en las rebajas, me acompañaron en un largo periplo por África y me recuerdan cada día tres cosas. Una, que la población del planeta se divide en dos partes, la privilegiada y la desheredada. Dos, que la parte privilegiada no llega al uno por ciento del total. Tres, que he tenido la suerte, y no el mérito, de nacer en la parte que corresponde al uno por ciento que puede vivir con dignidad.

En Gambia, junto al mar, unas parrillas asan el pescado que alimenta a la mayor parte de la población. Las olas entran por debajo y se llevan los restos de vuelta a los océanos. Desconocedor de esta circunstancia, me bañé sin querer hasta los tobillos en agua de mar con raspas, cenizas y tripas de pez. Descubrí, a la vez que disfrutaba del aroma, que la pobreza no era la única razón por la todos los nativos que iban prácticamente descalzos.

En mi última historia de calzado circunstancial, una improvisada entrevista de trabajo en un lugar lejano me llevó a comprar deprisa y corriendo un par. Hacía tanto calor como ahora y me resultó imposible introducir los pies en los zapatos de vestir que traía en la maleta. Los que compré, nuevos y por ello incómodos, convirtieron aquella reunión en una pesadilla. Tan duro e inflexible estuve que aceptaron todas mis condiciones sin rechistar. Nunca sabrán estuve a punto de abandonar la sala sin decir palabra, de tanto como me dolían los pies.

Tengo más zapatos y más historias, pero un caballero nunca cuenta cosas que involucran a terceras partes, sobre todo si carecen de ropa. Si puedo recomendar algo, que sea esto: No se desprendan jamás de sus zapatos, por viejos y ajados que parezcan. Solamente ustedes saben qué recuerdos atesoran en su interior.

 

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Javier Peces

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