¿Vuelta atrás? – por LOLA SÁNCHEZ LÁZARO

La cocina parecía un campo de batalla; un ejército en desbandada de cacerolas, sartenes y platos indisciplinados sepultaba la encimera. El suelo, cubierto por una densa capa de aceite, deslizaba como una pista de hielo. Ana se apoyó en el quicio de la puerta y suspiró mientras observaba cómo Juan intentaba controlar la situación.

– ¡Ah, estás ahí! ¡Creí que no ibas a despertar nunca! He intentado preparar algo para comer.

Ella sonrió indulgente mientras su cabeza comenzaba a localizar un asador de pollos cercano. Juan, tras limpiarse las manos en los vaqueros se acercó y acarició su cara disculpándose por aquel caos. Absorto en la mirada de Ana, rebobinó sus recuerdos hasta el momento en que la conoció. Él nunca creyó en el amor a primera vista. Ni a segunda. Ni a tercera. Jamás pensó en compartir su vida con alguien, ni mucho menos formar una familia; no quiso hijos y ya se ocupó él de no tenerlos. En sus cuarenta años, un mosaico de capas entrelazadas había anidado en su corazón, secaron alegrías y penas transformándolo en un ser lineal. Huérfano de padre desde muy pequeño- tanto que ni lo recordaba -, se crio a la sombra de una madre demasiado posesiva y cargada de amargura. Quizás a él no le quedó más remedio que dedicarse exhaustivamente a su trabajo.

Sus fines de semana se diluían en las visitas a su madre, internada en una residencia. Alzheimer era lo que había decidido padecer. Los médicos distaban en compartir este diagnóstico que ella defendía a ultranza. Todos estaban de acuerdo en que la causa fundamental de su estado era su profunda “mala leche”.  Cuando Juan abandonaba la residencia, ya bien entrada la noche, recorría algún tugurio de la ciudad. Esas conquistas premeditadas de mujeres por lo general no duraban más allá del amanecer.

Vivía sin pensar mucho en ello; como si estuviera programado, comía, bebía, salía o entraba.

Todo era distinto ahora, disfrutaba de cada momento. La amaba con tal intensidad que a veces se asustaba de sí mismo. Sólo podía recordar una discusión dos o tres meses atrás; algo que Ana calificó de celos primitivos les había llevado a un distanciamiento. Bastó que no pasara una noche en casa para que él casi se volviera loco.

Ana, cansada ya de esperar, agitó las manos frente a su cara a la vez que carraspeaba ligeramente.

– Bueno, qué, ¿ya estás aquí?

– Sí, sí,  disculpa, ¿comemos?, ¿dónde vamos?  Oye, estás pálida, ¿te encuentras bien?

Ana sintió cómo el mareo que la había atrapado durante  la noche la golpeaba de nuevo y hacía flojear sus piernas. El semblante de Juan se crispó y su tez adquirió un tono ceniciento. La cogió en volandas y con cuidado, como si fuese una muñeca de porcelana,  la depositó en el sofá del salón.

– No te muevas, voy a llamar al médico.

– No, no Juan, no hace falta, se me pasará, es sólo que… hace un momento me he hecho la prueba de embarazo, y… ¡ha dado positivo!- exclamó ella radiante, extendiendo sus brazos hacia él – Ya creí que nunca seríamos padres…

Un velo opacó los ojos de Juan, al mismo tiempo que un rayo le fulminaba por dentro, haciéndole crujir hasta romperse, como las hojas de los árboles que pisas en otoño.

Nunca se atrevió a confesarle que, hacía ya muchos años, le habían practicado la vasectomía.

pESADUMBRE - j. vAYREDA
Pesadumbre.- J. Vayreda

Lola Sánchez Lázaro

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