Vuelta al trabajo.- por NATALIA GARCÍA

La empresa ocupaba un edificio moderno de cristal, que alojaba a multitud de personas: altas, bajas, gordas, flacas, inteligentes, torpes, trabajadoras, vagas… que la vida, de una forma casual, les había hecho coincidir para sacar adelante un proyecto común y les obligaba a convivir muchas horas, en ocasiones muchas más de las que compartían con sus familias.

Sara se incorporó tarde al mundo laboral. Era una mujer con una vida fácil y sin necesidades económicas. Tuvo a sus hijos y, a medida que ellos empezaron a necesitarla menos, aumentaba su sentimiento de necesitar algo más.

Realizó un curso de secretariado y por medio de los contactos de su marido, consiguió su primer empleo.
Le costó adaptarse a su nueva actividad. La distribución de la planta de la oficina, visto desde arriba, se asemejaba a los laberintos de los ratones cuando los científicos realizan experimentos de orientación: pequeños reductos separados por paneles.

Se hizo dueña del reducto que le correspondía, con mesa, silla, ordenador, teléfono y cajonera. Esas eran sus herramientas de trabajo. Sus desconocidos compañeros más cercanos le miraron con cierta suspicacia al comprobar que superaba la media de edad del resto de los empleados. Para Sara se trataba de una prueba difícil en la que debía poner en práctica lo que ella realmente conocía como ama de casa: organización y ahorro de tiempo en cada tarea, distinguir lo importante de lo urgente, poder de persuasión y negociación con sus hijos y marido para conseguir sus fines, horas de psicología para interpretar lo que querían decir, aunque dijeran lo contrario… Ella desconocía que la edad, lejos de ser un hándicap, como por entonces pensaba, era un pozo de sabiduría , que con el tiempo le sacaría de muchos apuros.

Pero ese primer día la única realidad que ella sentía era un pánico atroz a no saber, a fallar… A todo. A enfrentarse a una actividad totalmente nueva ante gente que parecía saberlo todo.

Por un momento pensó que había sido una absoluta estupidez embarcarse en una aventura semejante. Ella no estaba allí para cumplir una vocación frustrada, ella iba a ser una mera secretaria. Ella, que vivía tan feliz con sus hijos ya mayores y que por fin podría disfrutar de su tiempo, ¿de verdad pensaba que trabajando iba a ser más feliz?

Los primeros días se le hicieron eternos. El teléfono solo permitía realizar llamadas pero no recibirlas. El ordenador únicamente se encendía pero no tenía ninguna otra funcionalidad: no tenía correo, y a pesar de introducir las distintas claves que cada día le cambiaban, aquello no avanzaba. Las instrucciones que le daban del departamento de informática eran indescifrables. Sara se tiraba al suelo y con las rodillas clavadas en la moqueta gastada, intentaba comprobar si los cables estaban correctamente conectados, o por lo menos que no estuvieran sueltos. Realmente sus primeras amistades las realizó con los informáticos, antes que con sus colegas de planta. Pensó que ganándoselos podría mejorar en algo la situación, y como no tenía otra cosa mejor que hacer, les invitaba a café y escuchaba pacientemente sus quejas, en las que reclamaban más personal para tantas demandas.

Ahora, después de tantos años en la empresa, se sonreía al recordarlo.

Han pasado muchos años desde entonces pero nada ha cambiado. Sara tenía la teoría de que era una estratagema de recursos humanos para que la gente nueva se fuera adaptando con cierta calma. Todavía no había encontrado una explicación mejor.

EDFI CRISTAL

Natalia García

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