Vivía un troll – por FRANCISCO J. BECERRA

Junto a mi casa hay un puente que cruza sobre el río; una vez vivía debajo un Troll. Mi papá y yo atravesamos ese puente los lunes, martes, miércoles, jueves y viernes. Llegamos juntos hasta la parada del autobús y esperamos un poquito hasta que llega el bus del colegio. Yo me subo y mi papá se va al trabajo. Trabaja en el Ayuntamiento. No es el alcalde. Es como un profe. Si alguien llega hasta su mesa, él le mira los deberes, y si los aprueba puede pasar a otra mesa, si no tiene que repetir otro día. Mamá también trabaja, es médico y cura los resfriados.

Por la tarde, cuando me bajo del bus, mi papá está esperándome. Me preguntaba cómo fue el día, siempre pregunta lo mismo, y yo le cuento, más o menos, qué he aprendido en el cole. Caminamos sobre el puente para volver a casa. El invierno pasado casi no llovió, y muchos días hizo sol, aunque el sol de invierno no calienta, dice mi papá que porque es perezoso como un perro viejo. Son cosas de mi papá, porque el sol no se parece nada a un perro. Creo que por tantos días de sol que hizo no vi al Troll antes. Seguro que se escondía del sol debajo del puente, porque a los Trolls no les gusta mucho, lo mismo le pasa a mi tía Antonia. Sí le da el sol se pone roja, pero roja, como si le hubiese dado un pellizco gigante; así que en verano, cuando vamos a la playa, siempre parece que se le ha caído un bote de mayonesa encima de tanta crema que lleva. Claro que los Trolls se pueden convertir en piedra, que es peor. Anda que si te dan ganas de rascarte y eres de piedra. ¡Puf!

La primera vez que vi al Troll, fue una tarde nublada. Yo estaba cruzando con mi papá. El Troll salió de debajo del puente, andando despacio fue hasta un árbol y se sentó debajo. El árbol no parecía especial, ni mágico. Creo que sólo le gustaba porque era el que estaba más cerca del puente. Yo había leído libros sobre hadas y los otros seres que viven en el bosque. Porque como nuestro pueblo está cerca de la montaña, esperaba ver personitas mágicas cuando fuese de excursión. Una vez se lo dije a mi amigo Pablo Haro, me dijo que eso era una tontería, que su tío era guardabosques y que nunca había visto ni hadas, ni brujas, ni enanos en el bosque. Además, dijo que si viviesen en el bosque, pues avisarían cuando hay un incendio y eso no pasa. No quise pelearme con él, pero hay que ser muy tonto para pensar que las hadas tienen teléfono, y que si lo tienen van a saber el número de su tío. Pues eso, no me asusté al ver al Troll, porque sabía que no todos los Trolls son malos. Los grandes sí, pero ese del puente no era demasiado grande, no era más grande que mi papá. Mi papá no es muy alto; no alcanza a coger las galletas de chocolate que esconde mi mamá en la parte de arriba del mueble de la cocina. Mi mamá le dice a papá que se está poniendo redondo. Yo le llego a mi papá a la cintura, tampoco soy muy alto, pero mi abuela dice que ya creceré, que daré el estirón. Espero que no sea un día de golpe. Un día estiré un muelle de golpe y luego no había manera de dejarlo como estaba, al intentar ponerlo de pie se caía para los lados. El puente que hay junto a mi casa tampoco es muy grande, ni largo, así que era una buena casa para un Troll bajito.

No veía al Troll todos los días, sólo algunos, aunque yo estaba muy atento al cruzar. Un día estaba muy cerca del puente y lo pude ver bien. Era un Troll bastante feo y peludo, tenía el pelo largo y sucio, no le brillaba nada, seguro que no usaba champú de brillitos. Su nariz era grande, no como una trompa de elefante, ni como la nariz de un lobo, pero grande, y andaba un poco agachado. Como ahora vivía en el pueblo, y no en bosque, llevaba puesta alguna ropa, vieja y sucia; así por lo menos no iba en porretas. Parecía que le gustaba sobre todo un plumas azul clarito con un montón de manchas. Sí lo ve mi mamá le regaña por cochino y lo mete en la lavadora. Cuando pasamos a su lado, yo me fijé en que tenía la cara y las manos muy oscuras, creo que era porque, además de ser un Troll, aunque vivía al lado del río, no se lavaba mucho, olía un poco mal. También llevaba unas zapatillas de deporte, por lo menos con seis agujeros en cada una. Cuando mi papá lo vio, me agarró de la mano hasta que cruzamos el puente, luego me dijo que si alguna vez cruzaba yo solo, o lo veía cerca de casa, que no me acercase a él. Mi papá no había leído mis libros del bosque, porque él prefería leer el periódico ese de fútbol. No sabía que los Trolls comen piedras y no niños. Las piedras son para ellos, como el turrón duro.

Pienso que los días que no veía al Troll era porque tendría que hacer sus cosas de Troll, como buscar oro. Todos los Troll tienen su tesoro, eso es muy normal para ellos. Un día le vi de lejos, empujando debajo del puente un carro del supermercado con un montón de cosas, creo que llevaba el tesoro escondido debajo.

La gente del pueblo no estaba muy contenta. Me parece que porque era el primer Troll que se venía a vivir aquí y les ponía nerviosos. Aunque, como no hacía nada malo, tenían que aguantarse. A mí me gustaba. Era chulo verlo sentado o tendido debajo del árbol. Yo quería que estuviese contento, y así vendrían más amigos suyos del bosque y los podría invitar a mi cumpleaños; para que viesen mi amigo Pablo Haro y su tío.

Al final pasó una cosa. Una mañana cuando mi papá y yo cruzábamos el puente, vimos la ambulancia y el coche de la policía municipal. Pasamos deprisa, mi papá me tiraba de la mano, dos hombres vestidos de blanco empujaban una camilla tapada con una sábana. Vi un poquito del plumas azul. Mis libros no decían nada de que un Troll pudiera ponerse enfermo, y claro, si les pasa algo en el bosque irán a ver a las hadas para que les curen con magia o así, pero aquí en un pueblo los llevan al ambulatorio.

Escuché por la noche, que mi mamá le decía a mi papá, que un grupo de chicos mayores habían ido al puente, y le habían pegado. Seguro que fue para robarle su tesoro.

No he vuelto a ver al Troll, a lo mejor sólo sale ya de noche porque se portaron mal con él, o porque ya es primavera y el sol pica, y la sombra del árbol no es suficiente. Puede que se mudase a otro puente más bonito, o a un puente más grande porque haya dado el estirón. Yo prefiero que se marchase al bosque llevándose su carro con su tesoro dentro. Ahora vivirá en una cueva bonita, con un árbol cerca para taparse del sol por las tardes, porque los árboles del bosque son más grandes y su sombra siempre es mejor, y no tendrá miedo de convertirse en piedra.

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Francisco J. Becerra

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