Very common in Nepal – 6. El taxista de las cien rupias

El retorno a Kathmandú desde las junglas del sur se nos hace aún más duro que a la ida. En cuanto entramos en las calles de la ciudad la contaminación se agarra a la garganta. Además hoy el monzón ha decidido recordarnos que sigue vigente. Bajo la intensa lluvia, las calles se desdibujan en ríos de barro y agua. Sin embargo, el tráfico de vehículos, animales y personas se mantiene inalterable con su habitual ritmo infernal. Los charcos crecen hasta convertirse en pequeños lagos. El agua discurre por las calzadas formando torrentes. El autocar no puede adentrarse en las estrechas callejuelas del barrio de Thamel, por lo que tenemos que cubrir el último medio kilómetro a pie, acarreando nuestras mochilas y maletas. En formación de horda avanzamos atropelladamente hasta un cruce de calles en el que es imposible pasar sin mojarse hasta por encima de los tobillos. Sin embargo, hay que llegar al hotel, como sea. Mientras tanto los nepalíes pasan a nuestro lado sin inmutarse, chapoteando rutinariamente con sus sandalias de goma, hundiendo sus pies en el agua oscura, hasta la pantorrilla incluso. Pero para nosotros, con nuestras maletas de más de 20 kilos y calzado de ciudad, un simple palmo de agua se vuelve un obstáculo insuperable.
 
Tras unos momentos de estupor e indecisión no tarda en aparecer el verdadero espíritu hispánico; poco a poco cada cual empieza a buscarse la vida por su cuenta. Algunos deciden abordar la cuestión por las bravas, y levantando en vilo su equipaje se meten en el agua sin más. Otros buscan rutas alternativas y dan media vuelta, en busca de otra zona de paso. También los hay que parecen bloquearse y simplemente, permanecen inmóviles, a verlas venir y apuntarse al mejor carro. De pronto, a mi lado alguien tiene una idea luminosa: “¿Y si paramos un taxi para que nos lleve las maletas?” Dicho y hecho.
 
No tardamos en tener a nuestra disposición uno de los pequeños utilitarios blancos que en Kathmandú funcionan como taxis. Unas pocas indicaciones en un rudimentario y apresurado inglés bastan para hacer entender al taxista nuestro plan. Es un nepalí de mediana edad, menudo, delgado, seco, de cabello ralo y ceniciento. En su ajada camisa grisácea poco a poco se mezclan los lamparones de grasa con el agua de lluvia. Cerramos el trato rápidamente; serán cien rupias por el servicio. Nos sorprende lo fácil y económico del trato; ¡es poco más de un euro al cambio! 
 
No obstante, enseguida advierto que el ridículo maletero del desvencijado cochecito no da ni para medio bulto de los nuestros, pero ante la permisiva pasividad del taxista procedemos a atiborrar todo el espacio disponible con las maletas de cuatro de nosotros. En el interior sólo queda sitio para uno. Seré yo el que suba junto al conductor con mi mochila a la espalda. En estas condiciones apenas tengo espacio para moverme en mi asiento, pero el trayecto es corto. Avanzamos rápidamente entre toques de claxon propios y ajenos, cortando de través la sopa de agua en la que se mueven personas, animales y vehículos por las atestadas callejuelas del barrio tibetano. En menos de cinco minutos estoy ante la puerta del Potala Guest House. 
 
Salgo del taxi y rápidamente me afano en sacar las maletas y ponerlas a salvo en el interior del vestíbulo del hotel, lejos de toda la lluvia y los charcos de esa enloquecida ciudad. Mientras tanto, el taxista permanece todo el tiempo inmóvil, junto a la puerta de su coche, de pie bajo la cálida lluvia, dejándome hacer, pleno de budista indiferencia, esperando tranquilamente a que termine para cobrar su magra carrera. Está claro que cien rupias en Nepal dan para lo que dan…

Ricardo Balaguer

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