Very common in Nepal – 3. La ley de la selva

La primera luz del día nos alcanza en el embarcadero, junto a la orilla del río. Todos en el grupo vestimos pantalones largos y botas. Nuestras ropas son negras, gris o azul oscuro. De esta guisa, convertidos en una improbable tribu gótica en medio de la jungla nepalí, embarcamos en unas canoas largas, hechas a partir de troncos vaciados. Camino brevemente por su fondo plano, sintiendo la precaria estabilidad de la embarcación, hasta ocupar una de las pequeñas banquetas dispuestas. En cada barca hay un remero a popa, provisto de una larga vara que hace las funciones simultáneas de remo y timón. Nuestro conductor pronto empieza a maniobrar para encararnos hacia la corriente. En el proceso, nos inclinamos a un costado u otro mientras veo no sin cierta aprensión como la superficie del agua se acerca peligrosamente a la borda. No creo que a mi cámara le fuera a sentar bien un remojón en estas aguas, ni en ningunas otras…

Nuestra flotilla de canoas avanza corriente abajo y gana velocidad fácilmente, casi en completo silencio. Poco a poco nos situamos en el centro del río, que se ensancha cada vez más. Sus aguas son turbias pero tranquilas y cálidas. No puedo evitar alargar la mano fuera de la borda e introducirla, dejándola mecer en el líquido elemento a ras de superficie. A ambas orillas la vegetación de ribera es cada vez más alta. Más allá, pasada la franja fluvial de tonos marrones y ocres surge una inmensa masa forestal verde oscura. Sobre las copas de los árboles flota una niebla de nubes blancas de condensación que lentamente asciende hacia el cielo gris. Es la jungla que respira, y aguarda.

Al poco aparecen unas isletas justo en el centro del río. Las dejamos a nuestra izquierda. Alguien divisa algo en una de ellas: ¡Cocodrilos! Entonces veo a tres cocodrilos perezosamente emboscados entre los cañizales, justo al borde del agua. Uno abre los ojos y nos dirige una mirada vidriosa. Instintivamente, saco la mano del agua.

De pronto, frente a nosotros, el río da señales de cambio: a nuestros oídos llega el rumor de aguas revueltas. Estamos llegando a una zona de rápidos. Vemos aflorar formaciones rocosas en diferentes puntos del río mientras nuestros barqueros maniobran sin dificultad entre ellas. Poco después las tres barcas giran en ángulo recto hacia la izquierda, poniendo proa hacia a la orilla opuesta de la que habíamos partido. La corriente en este punto es más viva que antes, por lo que nos acercamos rápidamente a la orilla, pero nuestra canoa, guiada por manos expertas vira en redondo en el último instante y de espaldas tocamos tierra suavemente.

La expedición se divide en tres columnas, encabezadas cada una por un guía del parque. Partimos en tres direcciones distintas, todos con la misma esperanza de encontrar al gran tigre de bengala.  Rápidamente nos adentramos en la jungla, o más bien, ésta nos envuelve apenas recorridos los primeros veinte pasos. Nuestro guía es el mismo de Khorsor. Habla poco y en voz muy baja. Para nuestra protección y la suya propia cuenta como única defensa con un bastón de madera. De todos modos, pronto me queda claro que la mayor garantía para nuestra integridad es la burbuja de ruido que generamos a nuestro alrededor, perfectamente audible para cualquier ser vivo a cien metros a la redonda. Avanzamos envueltos en el rumor constante de nuestras voces, el roce de nuestros pasos, los chasquidos de las ramas secas al quebrarse bajo nuestros pies.

Muy pronto nos topamos con una especie de insecto muy similar a los zapateros de nuestras latitudes. Estos son de un rojo intenso, más grandes y de largas patas. Corretean por todas partes. Pronto reparamos en otra presencia, otra forma de vida más sofisticada que nos observa. Sobre nuestras cabezas las ramas de los árboles se mueven; unos monos nos observan con descaro y curiosidad. A nuestro alrededor caen frutos y hojas, emitiendo un ruido sordo al dar contra el suelo arenoso de la jungla. Avanzamos entre la penumbra de altos árboles de corteza negra y ocasionales claros, cubiertos de un espeso matorral que debemos apartar a nuestro paso. Estamos en medio de uno de estos espacios cuando se nos viene encima un enjambre de moscas. Inmediatamente nos invade el penetrante olor dulzón de la carne en descomposición. Nuestro guía se detiene por un instante y se adelanta unos metros para inspeccionar a la derecha del claro, justo en el margen del mismo. Cuando vuelve nos dirige unas breves palabras: “Tiger’s food”. Comida de tigre. Como primer indicio, hay que reconocer que no está mal, nada mal. Seguimos adelante.

Los minutos pasan lentamente y el día avanza, arriba en lo alto el sol se abre paso esporádicamente entre las nubes del monzón, sólo para intensificar el bochorno ambiental. Mientras tanto, a ras de tierra nosotros seguimos buscando indicios del tigre. Llevamos un buen rato caminando sin ver otra cosa que árboles y maleza. Entonces nuestro guía decide algo distinto: salimos de la espesura y empezamos a seguir una pista de tierra, justo en dirección opuesta. En un par de sitios se detiene para husmear en los márgenes del camino o se interna brevemente entre la maleza, junto a algún arroyo. Parece saber donde buscar; pronto nos llama y señala con la mano en varios puntos en el suelo, justo frente a nuestros pies.

Entonces lo vemos: ante nuestros ojos surge una huella perfecta y clara de la zarpa de un tigre. Unos palmos más allá, nuestro guía señala una especie de churretones negruzcos de una sustancia semisólida. Nos hace entender que se trata del producto de la purga estomacal de uno de los grandes felinos del lugar. O sea, estamos fotografiando vómito de tigre, ni más ni menos. Me acuerdo de mis dos gatos, a miles de kilómetros de allí. Ellos también lo hacen, comparten el mismo instinto: comen plantas hasta provocarse el vómito; así protegen sus estómagos de cualquier posible toxina ingerida a través de sus presas.

Con la moral renovada por los indicios nos internamos en una zona de la jungla especialmente densa y sombría. Camino tan sólo unos pasos por detrás de nuestro guía y su bastón. Pasamos un buen rato de monótona caminata, sólo aderezada por los distintos cantos de invisibles pájaros por encima de nuestras cabezas. De pronto nuestro hombre ralentiza sus pasos, hasta detenerse. En completa inmovilidad, está observando una franja del sotobosque al fondo a nuestra derecha, justo en el límite de la visión que permite penumbra reinante. Con todo el grupo expectante tras de sí nuestro hombre se agacha y se vuelve hacia nosotros: “There there’s a tiger… maybe” La sola posibilidad de que estemos apenas a treinta metros de un tigre me hace correr un potente escalofrío por la espalda. No me da tiempo a pensar mucho en ello, pues el guía se ha puesto en marcha de nuevo. Ahora camina lentamente, encorvado, directamente hacia el lugar donde hace un momento apuntaba la presencia de la fiera. Por un momento no sé que hacer, pero ¡quién dijo miedo! acto seguido, me pego a sus talones, imitando sus movimientos. Nos detenemos de nuevo. Esperamos. Me doy cuenta que a nuestro alrededor los cantos de los pájaros han cesado. La jungla está en silencio. Apenas hay quince metros de distancia…

Entonces ocurre: de improviso, frente a nosotros la vegetación se agita con violencia; a continuación, el fragor de un apresurado batir de pezuñas alejándose. Se trata de un grupo de ciervos cuyas sombras entrevemos fugazmente tras la maleza antes de desaparecer.

Llegamos de nuevo al embarcadero. Aún pensando en el tigre que no he visto me percato con sorpresa de que uno de mis calcetines está manchado de sangre. ¿con qué me he cortado, con qué me he arañado? Qué raro, no me caído ni me consta haber rozado contra nada durante toda la excursión, ni tampoco siento dolor alguno.Y es que tengo el honor de protagonizar uno de los primeros encuentros del grupo con uno de los más sigilosos, persistentes e insaciables depredadores de Nepal: ¡las sangüijelas! No muy lejos de mis pies se mueve un rollizo ejemplar; negro, brillante, henchido y satisfecho tras haberse servido una buena ración de mi sangre. No hay nada como experimentar en carne propia la ley de la selva…

Ricardo Balaguer

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