Very common in Nepal – 2

Por fin logramos cubrir los doscientos kilómetros más largos de nuestras vidas. Estamos en Sauraha, una de las poblaciones cercanas al Parque Nacional de Chitwan. Aquí las cosas son muy distintas al Nepal que hasta ahora hemos conocido. No hay ruido, no hay asfalto, no hay masas de gente ni contaminación. El adobe y la paja menudean en las construcciones. El cielo está encapotado pero el calor del sol sigue ahí, intacto, magnificado por una intensa humedad. A nuestro alrededor, miremos en la dirección que miremos, la vista no tarda en toparse con una densa y elevada vegetación. Estamos en medio de un claro sobre el que van convergiendo una variada colección de lugareños en pequeñas furgonetas y todo terrenos.

 Pronto da comienzo una tediosa serie de negociaciones a tres bandas en inglés y nepalí entre los guías españoles, el guía local y los conductores. Por fin, y después de varias órdenes y contraórdenes terminamos por transbordar nuestra voluminosa impedimenta de turistas occidentales a los vehículos que nos transportarán a nuestro alojamiento en el Parque Nacional de Chitwan. Llegamos con el propósito de cumplir uno de los anhelos de este viaje; la posibilidad de ver alguno de los ochenta y dos tigres de bengala que, según cuentan las guías de mano, tienen su hábitat en la zona. Recalaremos en el Tiger Camp, un nombre tan obvio como prometedor.

 Sin embargo, muy pronto nos cruzaremos en medio de las calles de Sauraha con el verdadero rey de los animales de estas tierras: el elefante. Están por todas partes; son los vehículos de carga y transporte de materiales y personas, son también las grúas de la construcción. Altos y fuertes, aunque sin el porte avasallador de sus primos africanos, los vemos transitar obedientemente por las vías públicas con sus conductores encaramados tras de sus grandes cabezas. Sus frentes y orejas están decoradas con pinturas en vivos colores, siguiendo la misma lógica del resto de vehículos pesados en esta parte del mundo.

 Esa misma tarde visitamos el centro de adiestramiento de elefantes de Khorsor. “La inteligencia del elefante es la tercera mayor del reino animal; sólo es superada por nosotros los humanos y los delfines” nos dicen. Allí se forma en la sumisión y la obediencia pacífica a una buena cantidad de proboscidios desde mucho antes de que asomen sus primeros colmillos. Nos muestran cómo los enseñan a confiar y depender de las personas que los guiarán en el futuro. “Es una labor de años, un complejo proceso de aprendizaje.”  Las pequeñas crías juegan y comen forraje en torno a sus criadores; los más grandes reciben la comida de la mano de sus humanos tras ensayar satisfactoriamente la respuesta a las series de órdenes recibidas. Todos los animales que vemos tienen sin excepción una de sus patas traseras sujetas por una cadena a una estaca.

 “Aquí son felices, lo tienen todo: buen trato, seguridad, comida… ¿qué más puede desear alguien?” remacha nuestro guía alto, flaco, de tez aceitunada.

  Alguien, muy cerca de mí, apunta sus pensamientos en voz alta:

– Sí, puede que lo tengan todo, menos la libertad…

 Esa noche después de la cena se nos convoca a una charla informativa sobre la principal actividad del día siguiente: nada menos que la ansiada incursión en la jungla en busca del tigre. Nuestro interlocutor se distingue inmediatamente del resto del personal de servicio que pulula a nuestro alrededor. Se trata de un hindú alto, de finos modales y aprehendida flema británica que nos inunda con una estudiada perorata técnica sobre lo que nos espera mañana. Su discurso está pronunciado con un perfecto acento de Oxford o Cambridge. Nos informa de la necesidad de estar a punto a las cuatro de la mañana y de ser puntuales, de vestir ropas oscuras a fin de alarmar lo menos posible a los animales que salgan a nuestro paso y facilitar de este modo su avistamiento. No se cansa de repetirnos una y otra vez que no será cosa fácil, pero que tanto él como todo el equipo del Tiger Camp están a nuestra entera disposición y harán todo lo posible para conseguir llevar hasta nuestras retinas la esquiva pero imponente figura de un tigre de bengala. “We will do our best in order to…”  Demasiadas veces, quizás, en fin. Mañana veremos.

 De momento nos acogen las camas de nuestras tan pintorescas como ajadas habitaciones. Con un pretendido ambiente de resort de lujo, pronto nos queda claro que aquel lugar quizás conoció épocas mejores. Tendremos que lidiar con un baqueteado cuarto de baño cuyo retrete pierde agua y el intenso olor a humedad instalado en la paja con la que están forradas las paredes. Sobre mi cabeza pende una enorme mosquitera de una densa tela rosácea que no me atrevo a extender; prefiero asumir el riesgo de los mosquitos a interponer cualquier cosa a la corriente de aire que genera las grandes aspas del ventilador blanco que, a máxima velocidad, cuelga sobre el centro de la estancia.

 Tumbado boca arriba, empapado en sudor, lo observo girar velozmente. Flop-flop-flop… mi último pensamiento esa noche podría haber sido para Martin Sheen, en Apocalypse Now.

Ricardo Balaguer

Ricardo Balaguer Ha publicado 15 entradas.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *