Very common in Nepal – 1

Despertar en el barrio de Thamel es en realidad abrir los ojos después de haber pretendido dormir. Durante toda la noche, las ventanas de mi habitación en el segundo piso del Potala Guest House han dejado pasar limpiamente los contínuos toques de claxon, las voces de la gente, los ladridos de los perros, la estridencia de las motos, el rugido de coches, camiones y finalmente el canto de los gallos. Kathmandú no se parece en nada a Nueva York, pero es una ciudad que tampoco duerme…

Estoy en el barrio más turístico de Kathmandú, una zona tan bulliciosa como estimulante. Sus estrechas calles están plagadas de comercios de telas y equipación para el excursionismo de montaña en las que se ofrecen con toda honestidad productos de imitación de las primeras marcas. Hay una infinidad de pequeñas tiendas con todas las variantes de la artesanía local y sus excelentes trabajos de orfebrería, marquetería y joyería. Abundan unos sorprendentemente buenos restaurantes a precios muy razonables y algunos clubes nocturnos con actuaciones en directo de contundentes grupos locales de rock. Como remate, muy cerca de mi hotel se encuentra el equivalente nepalí a las librerías FNAC, pero sin ninguna sucursal y con mucho más encanto: la preciosa librería Pilgrim’s. Sus dos plantas de estanterías de madera vieja rebosan de toda clase de libros, almanaques, postales, imanes, láminas, cuencos de oración, cuadros, ropa tradicional nepalí y toda suerte de otros cachivaches inesperados.

Hoy, como de costumbre, toca madrugar: Salimos de viaje hacia las junglas del Parque Nacional de Chitwan, cerca de la frontera con la India. Serán sólo doscientos kilómetros de carretera, pero esto es Nepal…

Pronto descubrí que todo lo que tiene que ver con la conducción de vehículos en Nepal es relativo.   Sabido es que debido a la herencia colonial británica en este país se conduce por la izquierda, en realidad esta y otras convenciones pueden llegar a considerarse meramente orientativas. Quizás sea debido a la gran tolerancia del caracter nacional nepalí, pero lo cierto es que las normas de tráfico aquí se quedan apenas en un marco teórico, dejando en la práctica mucho margen a la interpretación de quien conduce. No existen líneas horizontales de ninguna clase sobre las vias urbanas, ni tampoco en las carreteras. Tampoco se encuentra señalización vertical alguna. Quizás el único lugar donde es posible encontrar algo de todo eso sea en los alrededores del palacio presidencial, donde existe un par de grandes semáforos, aunque que no los ví funcionar. Por todo ello, el tráfico en Nepal es lo más parecido a una navegación a la estima, donde todo es posible y el claxon es una presencia constante y obligada, aunque nunca empleado de forma agresiva, sino a modo de simple aviso al resto de conductores, peatones y animales.

Mi grupo y yo nos dispusimos a emprender viaje en un denominado “autobús turístico”. Estos son a menudo unos vehículos tan vetustos e incómodos como insólitamente decorados en su interior. Sus techos y paredes están profusamente cubiertos con todo lujo de remaches y brocados metálicos, luces de colores, cortinillas, borlas, fotografías de actrices de Bollywood, citas en sánscrito y otros motivos hindúes.

Ya en ruta desde el centro de la ciudad, la circulación por Kathmandú recuerda a esas viejas imágenes del cine mudo de las ciudades europeas y norteamericanas de principios del siglo XX. Es el totum revolutum más absoluto; donde hordas de motos habitadas por familias completas (en las que sólo el conductor lleva casco) se entreveran velozmente con camiones, minúsculos taxis y motocarros habilitados como autobuses atestados de viajeros; con el aderezo de las vacas que pacen a sus anchas por doquier, los perros tumbados al sol, los carros de vendedores ambulantes que pululan de un lado a otro y pequeños templetes hinduístas que aparecen en medio del camino, formando improvisadas rotondas. Todas estas circunstancias el nepalí las asume con proverbial calma budista, un punto de desidia y una inmutable sonrisa. Son gentes de tez morena, de rasgos hindús, orientales, o mezcla de ambos. Nunca ví una mala discusión en las calles, o alguien que alzara la voz en público. Sus voces suelen tener un timbre agudo, y sus conversaciones siempre son en tono quedo y pacífico.

Al fin conseguimos dejar atrás la capital, pero sólo para adentrarnos en el infierno de la carretera Kathmandu-Sauraha. Se trata de una de las vías con más tránsito pesado desde y hacia la India. Discurrimos entre parajes montañosos, con una vegetación muy agreste que pronto se vuelve selvática. 

Viajar en esta suerte de autobuses turísticos o “Bolly-buses” por una carretera en Nepal es como tomar parte activa en un rodeo. No hay un tramo liso de asfalto, no hay un centímetro de carretera sin baches, embudos o socavones. La dura suspensión sin concesiones de los vehículos TATA, la marca india que copa el mercado de la automoción en Nepal, tampoco facilita el confort del viajero. Pronto el polvo, los rociones de humo negro de los demás vehículos, la humedad y el calor se mezclan con el sudor de nuestra piel. El aire acondicionado es muy poco común en Nepal: sobre cada una de las ventana del autobús hay unos pequeños ventiladores de aspas rojas que más que aire, arrojan un intenso zumbido sobre las cabezas de los viajeros.

De este modo, durante ocho horas traqueteamos de lado a lado en la estrechez de nuestros asientos, con  parte de nuestro equipaje formando bultos a lo largo del pasillo del autocar. A través de la ventana veo el fluir trabajoso del tráfico pesado por la ruta serpenteante. La mayoría son máquinas destartaladas, todas ellas coloreadas como por obra de un tatuador loco, según la más pura ortodoxia hindú. En un momento dado ví pasar como en un sueño, junto a mi ventanilla, a una cabra blanca, adelantándonos velozmente. Iba sujeta sobre el techo de otro autobús, de espaldas al sentido de la marcha, junto con el resto de las pertenencias de sus viajeros. Fascinado, la seguí con la vista hasta que se perdió tras una revuelta de la carretera.

Aún no habíamos alcanzado la mitad de nuestro viaje cuando de súbito todo el tráfico en ambos sentidos se detuvo en seco. No habíamos llegado a ninguna zona de descanso ni población; nos encontrábamos bordeando el fondo de una garganta por la que discurría torrencial un río ancho y espumeante, reforzado con las lluvias del monzón vigente en esos momentos. Los minutos empezaron a pasar en silencio, lenta y densamente, bajo el calor asfixiante. No tardamos todos en salir a la carretera, buscando alivio para nuestros machacados cuerpos y una explicación. En los dos sentidos de la marcha, la hilera de vehículos detenidos se perdía de vista a lo lejos sin vislumbrar el final.

      – Sudeep, ¿qué pasa, por qué estamos parados?

Nuestro guía nepalí salió a indagar. No tardó en volver con la respuesta:

      – Hay una huelga nacional de transportistas, dicen que a dos de ellos les pegó la policia hace unos días.
      – ¿Y vamos a estar así mucho rato?
      – Eso nunca se sabe…
      – Ah, pues qué bien…
 
Sudeep, viendo nuestras caras de extrañeza y fastidio, añadió sin perder ni por un momento su amplia sonrisa de dientes perfectos:

      – Don’t worry, my friends, all of this is very common in Nepal!

Ricardo Balaguer

Ricardo Balaguer Ha publicado 15 entradas.

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