Veranos que no son tan azules – por PILAR RUBIO

Teresa se siente muy rara este verano. Quizá es que el verano de los trece años tiene que ser así, eso ella no lo sabe. Cumplirá catorce cuando el suelo ya esté lleno de hojas secas y tenga que fastidiarse e ir al cole. A Teresa aún le gusta correr entre montones de hojas amarillas y caídas, verlas volar entre nubes de polvo, formando remolinos movidas por sus brazos, por sus piernas. Riendo. Pero el otoño queda aún muy lejos en esta mañana agobiante de julio, en la que sube la cuesta para llevar el pan a casa. No hay nadie cerca. Normal. ¿Quién qué no tuviera trece años aguantaría en este secarral? Quizá un marciano. Marte, según ha oído, es calentito ¿Habrá marcianos? Teresa, para ya, qué luego tu madre te dirá que siempre estás pensando en boberías. Ah bueno, también está el Tonto, con su boina, su pantalón de pana y su garrota. Con esa edad incierta de los tontos de pueblo. Pantalón de pana con la que está cayendo. Y bien chulo que está, sentado en la puerta de su casa, aislada como un faro, enmedio de la cuesta, en el escalón de granito, como todos los días, mirando como sube Teresa con el pan. Como todos los días la sigue con los ojos. Ella le tiene miedo, así que enfoca al suelo, aprieta el paso y cuenta los adoquines hasta que llega a la curva salvadora, tras la que desaparece. Como todos los días. Pero hoy está también el Charly. En el pueblo los chicos hablan de él en voz muy baja. Los padres cierran las puertas con cuidado, pero luego se ponen a dar gritos. Que si habría que echarle, que si una buena tunda. El Charly, algo lejos, va detrás de Teresa. Desde que lo soltaron de la cárcel, la sigue a todas partes, aunque ella no lo sabe, como no sabe nada, porque se ha vuelto tonta con Ricardo, no piensa más que en él. Por las noches Ricardo y los mayores ponen el tocadiscos y bailan en lo oscuro, allí en el patio, Teresa escucha y sueña desde su habitación. “No puedes ir Teresa, una niña decente no hace según que cosas” le contestó su madre. Así que por las noches, Teresa tiene ataques de decencia y llora de eso. Hay que ver la decencia, lo que duele. Una cosa que está aprendiendo este verano.

Dentro de algunos años, algún día, oyendo una canción, recordará a Ricardo, y los sueños de niña y las tardes nubladas que llegarían después. Ese maldito virus que se llevaría a tantos en un caballo negro, en castigo por haber distraído demasiadas cucharillas de café. Ricardo irá con ellos. Pero hoy, con trece ya y a punto a punto de cumplir catorce, lo que le dice a su madre al discutir, piensa en una piscina donde le encontrará. Él intentará tirarla al agua, y ¿cómo muestra de amor?, ella le morderá en una muñeca. La historia de estos dos no lleva buen camino. Puede que sea un problema de comunicación.

El Charly, que no respeta los sueños de los trece, a punto de catorce, la agarra por detrás. Teresa está pasmada ¿Por qué la mira así? Nunca antes había visto su cara reflejada en unos ojos como ésos. Fijos, oscuros y redondos, como si quisieran besar haciendo daño. Siente algo en la tripa, con el tiempo sabrá que es más que asco. Y miedo. Pelea. Su forma de responder cuando no entiende. Patadas, gritos, puñetazos. Este tío es idiota, ¿qué gracia le habrá visto al jueguecito? Pero es pequeña, flacucha como siempre la han llamado, aunque este año le están creciendo cosas que no le terminan de gustar. Está tumbada en el suelo con el Charly ya encima, cada vez más revuelta y con más miedo. Y no sabe que hacer para escapar. Hay tipos que no juegan. Te pueden machacar. Otra cosa que acaba de aprender.

Quizá existen las hadas. Quizá su hada madrina le concede un regalo en este verano en que se está despidiendo de sus cuentos, y uno de ellos se le hace realidad. Por encima del Charly ve la cara del Tonto. Está muy enfadado. La emprende a garrotazos con el idiota de ojos fijos, oscuros y redondos, se lo quita de encima y balbuciendo, que eso no es hablar, le grita algo que suena como “¡corre!”. Ella hace caso. Ya ni siquiera se acuerda del calor. Llega a casa temblando. No lo hablará con nadie. Si lo contara, no la dejarían salir más de casa este verano.

Cada día de cada verano de los años siguientes verá al Tonto, sentado sobre la piedra de granito, con su boina, su pantalón de pana y su garrota, mirándola subir. Envejeciendo desde su edad incierta. Cada día pensará en darle las gracias por haber hecho de su vida lo que es. Pero nunca podrá. Porque él no la recuerda. O no la entiende. O quizá es que se quiere seguir haciendo el tonto.

veranos que no son tan azules

Pilar Rubio

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