Ventisca – por PILAR RUBIO

La luna llena se asomaba entre las nubes intentando iluminar el campo de batalla. Pero la fuerza del viento era tal que los jirones blancos y grises pasaban por delante, ocultándole la escena brevemente. Después continuaban agobiados hacia el sur, como si llegaran tarde a su siguiente tormenta.

Abajo, entre las casas, las hojas de los álamos intentaban desesperadas sujetarse a las ramas, luchando por recibir aquella savia que las mantenía vivas y juntas, arraigadas. Miraban con envidia a las agujas de los pinos que se enfrentaban en legión disciplinada a la ventisca.

Todos sabían que aquella lucha sólo tenía una salida. Que las hojas acababan siempre derrotadas, tiradas por el suelo, volando entre los coches, resecándose, y al final barridas. Todos sabían aquello, el viento, las nubes, la luna, los árboles, todos menos las propias hojas. Nacidas la primavera anterior, con la desafiante inocencia, la confiada invulnerabilidad de la juventud, pensaban que podían cambiar todas las reglas y ganar aquella vez.

El viento aullaba entre las calles y creaba los sonidos esa noche, maderas chirriantes, ventanas que chocaban, ramas que crujían. Las hojas de los álamos batían entre sí para darse calor, para sentirse unidas y semejaba un débil recuerdo del sonido del verano en la costa, donde miles de minúsculas ramas de palmeras aplaudieran la brisa, mientras el mar chocara a lo lejos contra el acantilado.

Los álamos, ya de vuelta de muchos inviernos, doblaban con docilidad su ramas aplicando a la letra el proverbio chino “cuando arrecian la tempestad y el hielo, la piedra se parte y el sauce se dobla”. Ellos no eran sauces, pero también doblaban. Menos uno.

El álamo más joven, con aire larguirucho y tímido en las ramas, adolescente mecido por la vida, sin saber aún que el ventarrón te arrolla, que te debes doblar, que es el camino que todos aprendimos; que el saber que hay que perder las hojas cada año, no nos hace más sabios, pero sí más astutos y mucho, mucho más viejos. Y que es lo que algunos llaman madurar.

El álamo rebelde admiraba a los pinos, que tan bien sabían agarrar sus agujas, que no se resignaban, que cada año a base de bombear savia, de espesar su corteza, de llenarse de arrugas y de nudos, plantaban cara al viento y a la nieve, y vencían. Los pinos crecían para dentro, habían renunciado a ser gráciles, esbeltos, y al hacerse más fuertes, no temían más que al hacha o las orugas, siempre dispuestas a pegarse a aquellos que quieren seguir viviendo día a día y cada mañana reanudan la lucha callada que llena de cicatrices la corteza.

 

Comenzó a nevar, el frío helaba la savia dentro de los troncos. El rebelde resistía, siguió bombeando vida para sus hojas mustias. “No malgastes tus fuerzas”, le aconsejaron los adultos árboles vecinos “nosotros, como tú somos de hoja caduca, ¿sabes lo que eso significa?, que soltamos las hojas cuando hace falta para sobrevivir”. “Entonces las hojas mueren”, respondió tercamente el jovenzuelo. “Pero nosotros no”.

Inmaduro, el árbol siguió bombeando savia. Notaba mucho el frío, ya no sentía las puntas de sus ramas más altas. La nieve y el viento se ensañaron con él. Los copos se arremolinaban a su alrededor y como un torbellino, el viento intentaba arrancar las hojas, que, mojadas y  ateridas se pegaban a las ramas tratando de resistir.

Amanecía apenas cuando los jardineros del pueblo llegaron a comprobar los daños causados por la tormenta. Al llegar al centro del parque, miraron extrañados. Un álamo muy joven tenía las hojas verdes, enrolladas, afiladas, parecidas a agujas, y la corteza parda y arrugada.”¿Has visto ese álamo tan raro?, ¿estará enfermo?; ¿lo talamos”, preguntó uno a otro. “Lo dejaremos hasta la primavera. Si entonces no es como los demás, ya veremos”, contestó el experto.

Trees near river

Pilar Rubio

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