Veinte poemas de amor y una canción subrayada, por ALEJANDRA MEZA #escritos

Las ferias de libros usados son el paraíso perdido de una clase casi extinta de lectores. Somos pocos los que nos damos el lujo de adquirir un texto empastado, nuevo, preferentemente. En cuanto lo compramos, lo abrimos delicadamente y abanicamos sus hojas tan solo para respirar su esencia; lo pesamos, medimos, cargamos, lo cuidamos del polvo y de la lluvia, lo celamos.
Hace unas semanas, encontré en una feria un ejemplar del libro “Veinte poemas de amor y una canción desesperada” del autor chileno Pablo Neruda, ilustrado por la dibujante mexicana Antonia Ángel. Recuerdo haber tenido en mis manos un tomo de esa misma edición extraordinaria así que sorprendida por el milagro de hallarle de nuevo, adquirí el ejemplar sin dudarlo pero también, lamentablemente, sin abrirlo, y lo guardé en mi bolso.
Esa misma tarde, alcancé a un par de amigas en un café y les presumí mi compra; naturalmente salí del establecimiento sin el libro, pero con la firme promesa hecha por Luz de regresármelo pronto.
“Acogedora como un viejo camino/ te pueblan ecos y voces nostálgicas/ yo desperté y a veces emigran y huyen/ pájaros que dormían en tu alma”… En el alma de mi esposo habitan muchos pájaros. En ocasiones se despiertan y huyen, en otras, aletean por un rato entre ambos, peleando por el aire con aquellos que se escapan de la mía.
Para comenzar este, nuestro segundo matrimonio, tuvimos que unir nuestros viejos caminos y todo lo que por ellos había transitado: sus andantes inmutables y sus caminantes efímeros, sus parajes escarpados y sus llanos, sus anchuras y también sus estrecheces.
No quiero decir que somos libros-de-segunda, pero sí somos como dos libros usados. Alguien más aspiró nuestra esencia cuando nos halló; alguien, previamente, nos leyó en los ojos, las intenciones y los deseos; alguien arrancó de manera irremediable alguna página que quiso atesorar exclusivamente para sí. Pero alguien dejó de celarnos y nos dejó a merced del polvo del abandono y de la lluvia constante de la rutina.
Luz cumplió su promesa y días después me regresó el poemario. “Disfruté mucho mi lectura, aunque es una lástima que todos los poemas tuvieran una o más líneas subrayadas”, me dijo. “El «subrayado» ajeno es el peor enemigo del lector”, le respondí, y Luz agregó: “Lo único que compensó tal molestia, fue el hecho de que me sorprendí encontrando pasajes más bellos de los que el dueño anterior de ese libro creía haber hallado… No los subrayé, no te preocupes”. Reímos y, absurdamente, pedí una disculpa en nombre de quien poseyó mi recién recuperado libro.
Cada mañana hago un esfuerzo por reinventarme, por ser alguien más sin dejar de ser yo misma, por olvidar las heridas que me hicieron y reescribir mi historia, por liberar los pájaros de la ansiedad y de la tristeza que todavía anidan en mi corazón.
Cada día, hago un esfuerzo por hallar un gesto nuevo en el rostro de mi esposo; por arrancarle una sonrisa diferente, una que nadie jamás haya visto. Aspiro su piel, encuentro su olor y trato de abarcar con toda mi memoria la esencia de su aliento. No soy la primera mujer que lo hace, pero quiero ser la última. Pretendo ser la dueña definitiva de ese libro semi-nuevo que no me canso de leer; quiero llevarlo a donde vaya, pesarlo, medirlo, cargarlo, cuidarlo y celarlo para siempre. Todo es diferente la segunda vez.
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Alejandra Meza

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One comment

  1. Es una actitud preciosa la que has tomado y que te eleva como persona sobre el pasado. Espero que cada noches cuando te acuestas sepas que habrás de despertar para disfrutar de esa vida nueva que estás construyendo con tu pareja. Me ha encantado saber que eres feliz. Un beso.

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