Vecinas – por EMILIA MARTÍNEZ RUIZ

Recién jubilada, había vendido la casa de las afueras con todo el mobiliario, y se trasladó al centro urbano, a un edificio de viviendas de alquiler. Tenía únicamente tres niveles y cierto encanto decadente ante los modernos rascacielos de la avenida. El propietario de la finca residía en el bajo; en las plantas primera y segunda, distribuidas en varios apartamentos, no se hallaba ninguno libre; la tercera se dividía sólo en dos, y pudo alquilar uno de ellos.

La inquilina, no queriendo un hogar recargado, adoptó una decoración minimalista. La habitación más pequeña daba a un patio de luces estrecho, con la ventana frente a la del otro apartamento, ambas demasiado próximas para su gusto; en ese cuarto instaló una lámpara de pie, una mesa camilla con las faldillas de terciopelo blanco, una butaca con el forro del mismo tono, y sobre ésta un espléndido mantón de Manila color añil bordado con hilos de oro, regalo de su marido por el décimo aniversario de boda, adquirido en una tienda de antigüedades. Lo había estrenado para ir a celebrar la fecha a un restaurante, y a él lo fulminó un infarto durante la cena. Tuvo guardado el mantón desde entonces. Ahora, lo admiraba de nuevo en un ámbito sin recuerdos decidiendo dejarlo extendido sobre el sillón.

Poco después de la mudanza, la despertaron a medianoche los acordes de un violín resonando en el patio de luces; fue al cuarto de esa zona, abrió la ventana y en la de enfrente, apenas iluminada, vio a su vecina por primera vez: una joven delgada, vestida de negro, con una larga melena pelirroja; interpretaba una melodía deliciosa que ella, melómana experta, nunca había oído, y al terminar le tendió las manos gesticulando airada como si le reclamara algo; se apresuró a cerrar la ventana y las cortinas, la otra continuaría con la música hasta el amanecer. A partir de ahí, armónicos sonidos inundaban el patio por las noches, ella acudía casi sonámbula a escucharlos, retirándose silenciosa cuando la otra empezaba sus manoteos ininteligibles.

La vecina no contestó las veces que llamó a su puerta a diferentes horas y días; en su buzón no había tarjeta; le sorprendía que ningún vecino protestara durante aquellos recitales extemporáneos; al hablar del asunto con su casero, este afirmó, sin ocultar su perplejidad, que dicho apartamento estaba deshabitado, omitiendo el hecho de que quienes lo alquilaban se iban precipitadamente a los pocos días sin darle explicaciones, motivo por el que ya no se molestaba en enseñarlo. La inquilina se dijo que lo más sensato era no insistir ni contarle a nadie más la situación, ni siquiera a su hijo, cuyo trabajo lo absorbía y casi nunca iba a visitarla por falta de tiempo.

Segura de lo que veía y oía por las noches, resuelta a no terminar en un psiquiátrico, y ansiosa por saber a qué atenerse, contrató los servicios de un detective privado, quien le remitiría por correo convencional y certificado el informe de sus pesquisas; según indicaba, el edificio había sido, a mediados del siglo pasado, la mansión de una famosa compositora y violinista alabada por crítica y público, célebre también por sus caprichos, excentricidades y vida alegre, fallecida en plena juventud en extrañas circunstancias. Sus progenitores subastaron las joyas, los vestidos y costosos adornos de su hija, y vendieron la vivienda que fue objeto de numerosas compraventas posteriores, hasta acabar transformada en lo que era hoy por el abuelo del actual propietario. La información, además de señalar que el piso en cuestión llevaba muchos años vacio, incluía la fotografía, fotocopia de la de un semanario de aquélla época, de una muchacha pelirroja envuelta en un mantón de Manila color añil bordado con hilos de oro.

Comprendió. La solista pretendía recuperar la prenda que una vez le perteneciera, prefiriendo ignorar para qué podría necesitarla a esas alturas de su muerte. Por supuesto, no pensaba huir del apartamento, ni entregarle el mantón a esa diva malcriada.

Han pasado los meses, como todas las noches abre su ventana, se acoda en el alféizar, y aguarda impaciente el recital, ya no puede prescindir de una música que la transporta a otros mundos, y la artista se supera en cada velada, con la esperanza de que acabe cediéndole el mantón.

La inquilina no se siente culpable por no ayudarla a descansar en paz. Después de todo, su vecina empezó.

 

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