Vagabundo – por JAVIER PECES #escritos

Don Andrés no es un vagabundo al uso. Tampoco se llama don Andrés, este es su nombre fingido, con el único fin de proteger la intimidad del inocente. Su delito consiste en sentarse al sol en la terraza del café irlandés y meterse entre pecho y espalda uno de esos brebajes que dan nombre al local. Cada día, de martes a jueves, a las diez y media en punto de la mañana.

Porque los jueves por la tarde regresa a la city de sus pecados y ya no vuelve hasta el martes siguiente, a tiempo para sentarse al sol de la mañana y apretarse su habitual chispazo mañanero. Se rumorea que hace lo propio, de viernes a lunes, a la orilla de su Támesis natal, con terraza pero casi sin sol, por aquello de no perder las buenas costumbres.

Don Andrés es hombre de camisa de flores, soldado de fortuna que aprendió a codearse con las gentes de la crema y la nata financiera. Se sabe de memoria todo aquello de los instrumentos, los fondos buitre, gavilán o paloma, los bonos matador, los derivados, lo que sube y lo que baja. Logró que aquellos ricos le hicieran caso y, al abrigo de vientos poco o nada propicios, consiguió protegerles las fortunas en los tiempos de grandes depresiones que vinieron, siempre vienen, detrás de los momentos de las vacas orondas. El típico vaivén del capital.

Esos ricos discretos, que no aparecen nunca en las páginas rosas de los medios escritos, ni en las listas ordenadas por el tamaño de la cartera, ni en las crónicas del escándalo de faldas con modelos ostentosas de rojos vestidos, ya no pueden vivir sin el consejo experto del delgado personaje de las flores de seda, que masculla monosílabos -compra, vende- o expone posiciones que parecen longitudes -larga, corta- de pernera de pantalón.

No son imperativas sino recomendadas, pero todo el mundo sabe que en ellas está la verdad revelada por el arcano de los mercados financieros. Cada cual verá si hace caso y se forra o si ignora y se arruina.

Don Andrés gasta bromas sobre el clima, sobre todo en verano. Se sienta frente a la torre del puente, esa en la que un monarca impío mandaba rebanar el fino gaznate de sus esposas, según dicen, por asuntos de altísima traición. Desde allí manda recuerdos y disfruta glosando las temperaturas, mitad de las que sufre la meseta castellana, y las humedades, que suelen duplicar las del manchego secarral.

Nosotros le esperamos, porque sabemos que el invierno llega, y las rachas de viento huracanado se presentan puntuales a su cita con la ciudad del capitalismo salvaje. Nos sentamos al sol de la mañana del domingo en la terraza del café de Dublín, y devolvemos la pelota de la envidia a los que tiritan de frío e intentan, equivocadamente, mitigar los rigores del clima con alcohol.

Así sigue la vida, en un devenir de rumores sobre catástrofes de las finanzas y contingencias de las políticas. Esas que a los pobres de solemnidad ni nos vienen ni nos van. Ya que, por no tener más que lo justo para ir tirando, se nos escapan las oportunidades de oro que nos brinda, de manera altruista, la bola de cristal de don Andrés.

Él, entretanto, disfruta de las tímidas apariciones del sol de la mañana londinense, esquiva los calores excesivos del estío madrileño -de Madrid al cielo, pasando, si te descuidas, por el tanatorio de la eme treinta- y se da su paseo semanal, de ida los martes, de vuelta los jueves, clase turista, camisa de flores llueva o nieve, café irlandés tanto allá como acá, propuesta de estrategia de inversión.

 

tamesis

Javier Peces

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