Unos minutos en la farmacia, por ELENA SILVELA

Hace frío fuera. Estoy esperando a que la farmacéutica, enfundada en su impoluta bata blanca, encuentre mi medicamento entre los muchos y pulcros estantes de esa gran farmacia. Al entrar en ella he visto, en la zona de ortopedia, a una anciana con su cuidadora seleccionando un andador de entre tres o cuatro.
La voz de la farmaceútica que les atiende me saca de pronto de mis musarañas. “Pero, por favor no llore. Tiene que estar contenta. Muy contenta. Mire qué andador más bonito se va a llevar. De acero reluciente. Además, le va a permitir caminar muchísimo mejor que hasta ahora. Por favor, no llore. Mire qué bien se maneja con él. Piense en las personas que ya no pueden caminar en absoluto y necesitan una silla de ruedas.” Mi corazón se ha encogido con la perorata hasta alcanzar promociones diminutas. Murmuro un “qué pena, pobre…” y la farmacéutica que me atiende se solidariza conmigo en una mirada. Y me susurra, también. “Si supiera, además, que muchas veces hay enorme diferencia de trato del cuidador hacia el anciano cuando viene solo con éste o cuando viene acompañado además del hijo o del familiar al cargo…” Levanto una ceja y pienso que puede tener razón. No solo un poco, mucha razón. Es una tontería que jamás hubiera calibrado por mí misma. Pienso en la de veces que ambas profesionales han debido de pasar por situaciones similares a ésta y asiento. Ella sabe que he tomado buena nota del comentario, mi mirada es muy inquisitiva.
 Con el medicamento en mano y el corazón diminuto en un puño salgo de la farmacia. Mi mano en el pomo de la puerta, vuelvo a mirar a la anciana, pequeñita, que está ya empujando el andador por la zona. Tiene voz firme, a pesar de su estatura encorvada y aspecto reducido. Compruebo que va únicamente acompañada de la cuidadora. No sonríe. Desvío la mirada rápido, no quiero llevarme ninguna impresión, ni juzgar. Estoy en un tris de acercarme a la anciana para comentarle lo bonito y de buena calidad que me parece el andador y sonreír en su mundo cada vez más limitado. No lo hago. No es por pereza, me paraliza mi ánimo. No quiero descubrir que a su lado hay una posible cuidadora sin alma, o una mujer presuntamente harta de su trabajo poco remunerado. No quiero ver mi reflejo en ninguno de los dos personajes. No tengo valor. Mi paso por la farmacia ha durado unos diez minutos. Y una esquina de mi corazón se va desgarrada. Quién me mandaría escuchar en lugar de oír sin deducir.
En ocasiones me devano los sesos buscando escapatorias. Todos nosotros deberíamos tener la opción de solicitar una baja laboral para ocuparnos de nuestros mayores. Como la de maternidad. Sí. Lo sé. Una utopía de un mundo ideal en la que pienso muy a menudo.
Hace frío fuera. Parece que mucho más que cuando entré.
Dedicado a Pilar Rubio.
cuidadora y anciana

Elena Silvela

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2 comments

  1. Extraordinaria propuesta la de disponer de días libres de trabajo para atender a los mayores que lo necesitan, la difundo. Gracias!!!!!

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