Una visita nocturna inesperada en La Casona – por PEDRO PABLO MIRALLES

Conforme las pisadas silenciosas del calzado con suela de goma avanzaban lentamente, no había dudas, alguien había entrado en La Casona, un tanto desvencijada por el transcurso de los años desde que la construyó mi abuelo a comienzo de los años cincuenta en este pueblo norteño de 250 habitantes. El edificio tenía una alarma tan natural como singular, el delicado crujir de las viejas maderas de castaño en todos los suelos, desde la entrada, los dos pasillos, la escalera de subida al piso de arriba y el de todas las habitaciones. Solo la cocina, el comedor y los cuartos de baño tenían baldosas rojas bien conservadas aunque algunas estaban partidas y tintineaba al pisarlas.

Como de costumbre estaba solo en La Casona, miré el despertador, marcaba la una menos cuarto de la madrugada y me quedé quieto en la cama. Fui contando los pasos y calculando distancias, no había más ruido que un lento y cuidadoso caminar en el piso de abajo y se trataba solo de una persona. Calculé con toda precisión que el visitante no esperado entró en la segunda habitación de la izquierda del pasillo de abajo y se metió en la cama. Algo insólito que nunca me había ocurrido.

Decidí dejar las cosas como estaban, no tuve dudas que esa persona estaba convencida que yo dormía. Dejé pasar un rato, comencé a escuchar unos buenos ronquidos y así las cosas, dada la actitud pacífica y educada del visitante, pensé que sería alguien con una buena dosis de sidra, tomé la decisión de ponerme en manos de Morfeo para no levantar sospechas de ningún tipo y dejar pasar el tiempo hasta que se hiciera de día. La única pregunta interesante que me inspiró el dios de los sueños fue cómo logró entrar el visitante si la puerta la dejé cerrada y la única persona que tenía llave de La Casona era el párroco que vivía en una modesta casa cerca de la plaza. Que arte el del visitante, pensé para mí, y sin darme apenas cuenta quedé dormido plácidamente sin sobresalto alguno.

Cuando desperté bajé sigiloso y pude comprobar que en la planta baja no había nadie y la cama de una de las habitaciones estaba mal arreglada. Revisé todas las habitaciones y ya en el comedor, al lado de la cocina, vi que en la mesa estaba dispuesto el desayuno, una taza vacía, un vaso de agua fresca, un bollo suizo que había comprado el día anterior, una servilleta de papel y, al lado, a la derecha, una nota muy extensa escrita a mano con lápiz de punta negra gruesa y letra grande inclinada a la derecha:

“Don Pedro, disculpe Vd. e dormido en La Casona y procurado no hacer ruido para no despertarle, las llaves me las dio el párroco porque savía que no le iva a molestar. Perdí el trabajo en la carpintería de González, la casa mela embargaron, vivo de lo que me dan algunos vecinos y el cura. Llevava una semana durmiendo en la calle y como a empezado los fríos, Don Andrés tuvo la idea, pero a siso por una noche, me dolían todos los huesos. No save cuánto agradezco y sabe estoy siempre asu disposición para lo que Vd. mande. Soy Jacinto Ramírez”.

Al día siguiente salí a pasear y llegué a la plaza del pueblo, vi que se acercaba a paso ligero y en sentido contrario Don Andrés, el párroco, que al verme aceleró la marcha y puso gesto sonriente y pícaro. Al llegar a mi altura, sin pararse y sin que me diera tiempo a saludarle, me dijo de forma precipitada, “muchas gracias Don Pedro, Dios se lo pague, ahora llevo algo de prisa, tengo que visitar a un enfermo y hacer un par de mandados, hablamos en otro momento”.

 

Dibujo de PEDRO PABLO MIRALLES

Pedro Pablo Miralles

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