Una última carta

Te crees muy superior a él, pero no le llegas ni a la suela del zapato. Haces resonar tu voz por la casa con poderío, más solo se escucha el eco de tu estupidez. Fanfarroneas durante las comidas. Mientras engulles como un puerco, le lanzas esa mirada de desprecio tan repugnante y crees haberle destrozado el día. Te regodeas, puedo sentirlo. Te conozco de algo. Como no responde a ninguna de tus provocaciones, vas creciendo en el caldo de tu insípido éxito. Caminas por la casa erguido, con ese semblante chulesco que nunca pude soportar. Te encanta denigrarle cuando vienen visitas. Reconozco que tu técnica cada vez es más depurada, pues los terceros muerden tu anzuelo envenenado y le miran con condescendencia. Él calla. Jamás se defiende. Pone su mirada en un punto infinito del otro lado del salón y aguanta. Lo hace por mí, porque yo se lo he pedido, porque se lo he razonado y le he dado un límite temporal. No has llegado a ponerle una mano encima pero te ha faltado muy poco. La vena grotescamente hinchada en el cuello te delata. Esconde y retiene la ira y las ganas. Es una lástima que no te haya estallado.

plumaPor fin ha llegado el día en que puedo decírtelo. Tu disfrute perverso a costa de mi hijo ha terminado. El hecho de que el dolor por la pérdida del tuyo te dé licencia omnipotente para hacer daño al mío no es ya ni un hecho, ni un derecho. Esta atrocidad soterrada ha llegado a su fin. Si algún día te adoré, hoy ya no me queda nada. Estoy seca, desprendida de cualquier sentimiento de afecto hacia ti. Porque no has sabido quererme. Ni siquiera a través de la imagen de mi hijo. Nos hemos ido muy lejos y la sentencia de divorcio ya está en marcha. Ya sabes que tengo a mi alrededor muy buenos abogados. Les he dotado de poderes de ruina más que suficientes para acabar con este matrimonio. De raíz. A partir de ahora, puedes aplacar tu pena con quien desees; no será con mi hijo. Porque cada desaire, cada palabra insultante, cada ignominia, cada desprecio que le has hecho a él, me lo has hecho a mí. No se puede querer a alguien mientras se aplasta y retuerce la representación de su alma. En esta vida hay que ser inteligente y bondadoso en las alegrías y en las penas. La gestión de las emociones dice mucho de las personas. Has sido el gestor más pésimo que he conocido. Siento que mi hijo viva y el tuyo no. Esto es todo lo que siento. No te quiero ya. No me queda nada del amor que prometí un día ante cientos de invitados.

Como posdata te contaré que mi hijo, ese subnormal que miras con aversión de modo habitual, ha terminado la selectividad con una media de 8. Las mismas ocho millones de veces que te maldecirás cuando estés ahogado en soledad. Si alguna vez logras comprender cuanto encierra esta carta, no me lo hagas saber. No lo necesito, ni me interesa.

Por cierto, encontrarás adjunta la demanda de divorcio. Tiene todo lujo de detalles.

Elena Silvela

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