Una simple cuestión de segundos, por ELENA SILVELA

Había logrado entrar en el edificio sin levantar sospechas. Caminé por el lado derecho, bien pegada a la pared. Era un ángulo muerto para la cámara de seguridad de la entrada, lo tenía más que comprobado. Ninguna grabación destaparía mi intrusión nocturna. Con el duplicado de la llave accedí a a tu despacho y por un momento pensé en dar media vuelta, volver al calor de mi casa. Destapar el escándalo era mi objetivo desde hacía muchísimos meses, pero en ese momento incluso dudaba de su valía. Castigar a los culpables no siempre parece ser apropiado, y menos en un momento de tensión como ese. Esperé unos segundos, recompuse mis motivos y me acerqué al archivo. Sabía bien dónde estaban los documentos, ocultos bajo una falsa letra “Z”.

Con el dossier en la mano cerré la puerta de tu despacho tras de mí, eché la llave concienzudamente y decidí sentarme un momento en mi mesa, en mi despacho, ese que con tanto cariño había decorado. La luz de las farolas era suficiente para leer algunos datos y no encendí la luz. Fue en el tercer párrafo de la demanda objeto de mi planeado escándalo cuando oí la puerta de la oficina. Miré hacia mi propia puerta, entornada lo suficiente para que nadie pudiera verme sin abrir de propósito el despacho. No me daba tiempo a levantarme y esconderme bajo la mesa sin hacer ruido. Ni siquiera. Recordé rápidamente que la silla de despacho en que me sentaba crujía con enorme facilidad, y era esa una de las cosas que más me gustaba en mi vida diaria, el soniquete de los muelles. Contuve la respiración y comencé a rezar. Cerré los ojos con fuerza, como si con ello pudiera volverme invisible. Escuché el sonido de la cerradura de tu flamante puerta de nogal y un ruido de papeles me indicó que buscabas algo en la mesa. Perfectamente llegó hasta mí el sonido de un suspiro al dar con lo que querías. Saliste del despacho sin echar la llave. Segundos más tarde la puerta de la oficina se cerraba. 

Esperé una hora más, sin mover ni un sólo músculo de mi cuerpo. Cuando comprendí que ya te habías ido, salí con el dossier a la carrera. Cogí un taxi y llegué a casa. Me temblaban las manos al ponerme el pijama. La vida, en ocasiones, es una simple cuestión de segundos.

calle

Elena Silvela

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