Una noche en el Auditorio (2 junio 2012)

Estamos en Madrid. Un 2 de Junio del año 2012. Vuelvo al Auditorio, a la Sala Sinfónica. De propósito. El programa que voy a escuchar consta de un repertorio seleccionado y dirigido por Silvia Sanz Torre. Ya asistí a un concierto dedicado a Mahler con ella al frente de la orquesta. Recuerdo bien mi sorpresa, pues hizo una dirección impecable de una sinfonía complicada sin partitura; toda de memoria. Retorno al Auditorio sabiendo quién es la directora y su orquesta. Sonrío al sentarme, pues mi propósito es sencillamente disfrutar. Además, el repertorio agrada muchísimo más a mis oídos que Mahler. Una selección de oratorios para coro de  Bach, Handel, Haydn y Mendelssohn y Beethoven. Nada menos. Por primera vez, voy a escuchar cantar al Coro Talía, del que he oído hablar muy bien. El escenario del Auditorio se abarrota de personajes elegantes en negro: músicos y componentes del Coro. Ya su presencia otorga una energía especial al Auditorio, cálida.

Para poner a los lectores en situación detallaré que el oratorio nació en el siglo XVII, casi al mismo tiempo que la ópera. Con ella comparte elementos comunes. Toma su nombre de la sala de oración (oratorio) de San Felipe Neri, donde se interpretaron las primeras obras de oratorio. Se trata de una composición extensa para solistas, coro y orquesta sobre temas religiosos habitualmente extraídos de la Biblia, pero no es música litúrgica. Un narrador expone los hechos a través del recitativo. Los solistas interpretan arias y dúos y el coro interviene en distintos planos: el de la descripción de los hechos, el de la meditación, y el dramático. Al principio, los oratorios tuvieron representación escénica, pero después se suprimió.

Llega la hora del comienzo y sale a escena Silvia Sanz Torre, con un apropiado vestido gris largo y una sonrisa muy grande, muy suya. Comienza el concierto y vuelvo a sorprenderme, más o menos como la primera vez. Es como asistir a un espectáculo de magia. Sus brazos y el mismo cuerpo se mueven con firmeza para disponer un sinfín de cosas que van mucho más allá de una simple marcación de compás. Estira uno y otro brazo como si acariciara a la orquesta: a su izquierda sobre los violines, a la derecha sobre los violonchelos… La cara le acompaña, al menos lo que veo desde su espalda, pues estoy sentada en el patio de butacas. Sonríe abiertamente a su equipo de músicos, eleva las cejas, abre los ojos desmesuradamente… Y de pronto estira los brazos hacia el frente y el Coro Talía empieza a entonar. Si pudiera transmitir con palabras cómo un cántico en grupo y  sintonía surge con enorme cariño e ilusión, os habría explicado lo que se escuchó en el Auditorio.

El cántico del coro iba acompañado de un ligero baile de todos ellos, a un lado y otro, como quien quiere expresar lo que canta con el cuerpo. Las notas del Coro bajaban y se elevaban disciplinadamente, a las órdenes de la directora. Silvia Sanz, con la batuta en la derecha y el dedo índice del brazo izquierdo,  en ese ademán de quien dice “ven a mí, acércate…” indicaba al Coro, en momentos precisos, que elevaran la intensidad del volumen. El Auditorio se llenó de notas, cantos, magia, cariño y energía. De propina pudimos escuchar el Aleluya de Handel. El primer violín de la orquesta, una mujer, no pudo evitar que se le saltarán las lágrimas, esas que traen la emoción del trabajo bien hecho.

Queridos lectores de fuera de España: si tenéis ocasión, bien podríais cruzar el charco para ver y escuchar a Silvia Sanz Torre con su Orquesta Metropolitana y el Coro Talía. Las cosas especiales escasean en el mundo, y ésta es una de ellas. Os recomiendo cordialmente la experiencia.

Elena Silvela

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