Una lección de vida y verde esperanza, por PEDRO PABLO MIRALLES #escritos

Martes a la noche, de madrugada. Estoy tumbado en la cama, encima del edredón, con la ventana abierta y persianas levantadas como defensa ante el bochorno que hace. De repente empieza a llover y se levanta una tormenta veraniega, no muy grande, de agua y aparato eléctrico. Una nube agradable me envuelve y me lleva a Villasuso en Galicia, a Francia y a La Casuca en Cantabria, donde tantas veces y ocasiones pude, como ahora, disfrutar e integrarme del olor y el sabor de la lluvia y las tormentas, de la naturaleza verde esperanza. Lástima que el momento maravilloso duró poco, algo así como media hora.

Miércoles siguiente a la noche, de madrugada, estoy tumbado en la cama, encima del edredón, esperando otra tormenta de agua que más bien pronto que tarde romperá sobre Madrid, se huele, se siente venir. Así es, al cabo de un ratito comienza a llover cada vez más fuerte pero sin exagerar, se divisan rayos lejanos y se escuchan truenos distantes. Decido levantarme y dirigirme a la terraza tranvía de casa, me siento en una silla playera, recuesto el respaldo y a continuación reposo las piernas sobre la otra silla. Se forma una nube a mi alrededor que me traslada de nuevo a Villasuso en Galicia, a Francia y a la Casuca en Cantabria. Otra maravilla. Vuelvo a oler, saborear y disfrutar del agua y su música al caer, de la naturaleza verde esperanza. Lástima que la maravilla duró una hora escasa.

Jueves y tiempo norteño en Madrid, sin elevadas temperaturas, me viene a la cabeza esa gran lección de vida que me dio mi hijo Pablo hace unos años. Estábamos disfrutando de un día de campo en la cordillera frondosa de bosques y lagos de los Vosgos en Francia, al ladito de Alemania y no muy lejos de Suiza como hacen creer los lugareños. Y de pronto comenzó una tormenta de las de verdad de agua y aparato eléctrico como en pocas ocasiones se ve en esta ciudad. Pero para agua la que vi caer en Paraguay, Brasil y México que, cuando ocurre, eso sí que es tormenta, me llevó a otro mundo, el de esos países en que la naturaleza es otra cosa, es algo inmenso y difícilmente descriptible. Creí divisar el Diluvio Universal que se describe en el Génesis del Antiguo Testamento, el Corán y la Torah e incluso quise entrever las barbas blancas de Noé al viento en su arca bien construida y calafateada.

Ese día en los Vosgos, no sé cuantas decenas de litros caían por minuto, la masa de nubes trajo la oscuridad solo iluminada por los rayos gigantescos y los truenos tremendos. Me asusté, la situación no era para menos, ese caudal de agua que todo lo inundaba, los rayos me daban miedo y sabía que los arboles no eran el refugio más adecuado para las descargas eléctricas. No había posibilidad de cobijo alguno, lo intenté de forma irresponsable en algunos de esos árboles inmensos, pero para ese torrente de agua no eran inconveniente esos bosques frondosos. El coche lo habíamos aparcado a más de un kilómetro de distancia. Mi hijo Pablo, riendo, dando gritos y saltos de su alegría contagiosa, me agarró del hombro y me llevó de un lado para otro diciendo: “¡papá, no pasa nada, esta maravilla hay que saberla disfrutar, hay que mojarse sin miedo, cuanto más mejor!”. Y los dos comenzamos a saltar y gritar de alegría por el bosque durante más de una hora. Llegamos al coche, la tormenta seguía, estábamos empapados. No parábamos de reír y de exclamar todo lo que llevábamos dentro, en la cabeza y el corazón. Esa experiencia me trasladó a la vida de forma tan intensa que, a partir de entonces disfruto más y más de la naturaleza, de las tormentas, de los rayos y los truenos. Sí, una experiencia de vida con la naturaleza y verde esperanza.

 

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