Una historia de amor, por RAFAEL DE LA TORRE – #relatos

El sol había amanecido ya aunque nadie en el chalet serrano era consciente de ello. Mañana o pasado, cuando la hija de los propietarios por fin se despertara, llegaría la hora del lavaplatos y la ordenación. Hasta el lunes, día del regreso de sus padres, tiempo habría. La colocación de la rejilla protectora frente a la chimenea, además de evitar que las chispas supervivientes huyeran de su cementerio, marcó el punto final de la velada. El guateque había terminado.

-Copas altas, a enumerarse.

La vieja decantadora curtida en mil batallas era la responsable del recuento. Orgullosa de su procedencia -cristal de Murano- inició con aire marcial el procedimiento establecido. Desde diferentes escondrijos del salón se escuchaba la secuencia: uno, dos, tres,…

-Perfecto, una docena. Vasos de güisqui, adelante.

Así siguió con tazas, platos y el resto de los elementos de vajilla y cristalería. Aquí y allá se registraban ausencias, cuentas interrumpidas, presuntas víctimas de la larga noche.

-Nos faltan cuatro copas de champagne, una de vino, tres cucharillas, una cuchara y un tenedor.

Un platillo de café susurró desconsolado a su taza pareja “se van los mejores”.

-Bien sabéis –continuó la experimentada decantadora con un deje de consuelo poco acorde a su aire marcial- que las bajas no son definitivas. Algunos serán recuperados en las labores de limpieza. Mantengámonos alerta y no perdamos la esperanza.

-En la juerga anterior de la niña -comentó con fuerte acento francés una copa de coñac a medio vaciar-, varios aparecimos en el dormitorio de los señores.

-Y junto a la piscina –añadió la coctelera agitada por el nerviosismo reinante-, aunque hoy la noche está demasiado fresca para arrumacos a la luz de la luna.

-Dejad de cotillear, atajo de chismosas –cortó tajante desde el suelo el cuchillo jamonero que era instrumento de pocas palabras.

Ignoraba que junto a él, en la papelera, ocultos bajo un camuflaje de restos, un tenedor y una cuchara habían permanecido intencionadamente ajenos al recuento. Lo tenían claro: si se mantenían mudos y les daban definitivamente por caídos en acto de servicio, su recién iniciada historia de amor podría ser eterna en cualquier lugar del mundo.

TENEDOR Y CUCHARA

Rafael de la Torre

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