Una Directora de Orquesta (3 marzo 2012)

Me invitan a un concierto en el Auditorio. Un 3 de marzo. La orquesta Metropolitana de Madrid dirigida por Silvia Sanz Torre. He ido a muchos conciertos en mi vida, desde muy pequeña, con lo que no me considero inexperta.  El plato fuerte de la noche será Mahler. Eso ya no me gusta tanto, mi cultura melómana no da de sí para un compositor tan complicado. Pero una invitación a escuchar un concierto en ese Auditorio es mucha tentación y me aseguran que me va a encantar.

La primera parte, el Concierto de Aranjuez. A la guitarra, un joven portento con una camisa de color violeta claro, detalle que me hace sacar una sonrisa de oreja a oreja. Su nombre, Hugo Moltó. Una ejecución impecable, viva, llena de corazón. La directora de orquesta, Silvia Sanz, con su levita color granate y el pelo negro azabache recogido en una cola de caballo alegre y simple, empieza a transmitirme una cierta simpatía. Sus movimientos de dirección son metódicos, elegantes.No puedo ponerle pega alguna a lo que ven y escuchan mis sentidos.

Quince minutos después, me coloco cómoda para escuchar la segunda parte del concierto, esa primera sinfonía de Mahler que sé que me va a costar… Tras dos minutos, comprendo que hay algo curioso. Más que curioso, sorprendente. La dirección de Silvia Sanz ya no es metódica, esa coleta suya se mueve con enorme alegría. Sus brazos no trazan un compás rectilíneo, sino que suben y bajan, señalan imperceptiblemente a miembros de la orquesta. Y descubro que no hay partitura para Silvia Sanz. Está dirigiendo de memoria. Me retrepo en mi asiento. Esto ya ha dejado de ser un concierto para convertirse en un espectáculo. Mi cabeza comienza  a recordar a mi padre. Lo que hubiera disfrutado viendo esto… El entusiasmo de Silvia Sanz, la tenacidad en cada uno de sus movimientos. Las miradas. Las piernas que se inclinan para tomar impulso y dar más sonoridad a los instrumentos desde lejos. El cuarto movimiento termina con 11 trompas, puestas en pie para culminar esa sinfonía titánica. Los aplausos no se hacen esperar y son muchísimos. Sin dudar un instante, la directora se dirige a los miembros de la orquesta más destacados, les tiende la mano y ofrece el aplauso atronador para ellos.

Entré en el Auditorio sin que me gustara especialmente Mahler. Salí del Auditorio con una magnífica directora de orquesta en mente que me hizo comprender que una sinfonía puede dulcificar su timbre y temple enormemente dependiendo de quién lleve la batuta y cómo. Mi enhorabuena para Silvia Sanz, por esa espléndida dirección.

Y para Javier García-Lomas…  muchas gracias por invitarme, por empeñarte.

Elena Silvela

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