Una calle más, por RAFAEL DE LA TORRE #escritos

Mi calle es de un solo sentido y, aunque pocos lo saben, tiene nombre de obispo.

Bajo mi ventana los coches se detienen obedientes ante el semáforo por donde no cruza ningún peatón, estos, los poco que circulan, ya atravesaron el paso sin esperar al muñequito verde. En ella, en mi calle, conviven carteles de se traspasa o se vende junto a bares — unos elegantes, otros de barrio obrero, todos con escasos parroquianos — y antiguas sucursales de banco, muchas cerradas durante la crisis aunque permanecen los locales vacíos, reacios a cambiar de actividad a la espera de un milagro económico que se hace esperar. También existen bazares oscuros donde poco se vende, peluquerías de una silla, una galería comercial sin apenas clientes y un supermercado autoservicio sin apenas empleados.

¿Dónde están los vecinos? ¿Dónde está la gente? No se dejan ver en estos días de falsa primavera. Por las aceras sólo  transitan arrojados ancianos que pasean al perro o son empujados por cuidadoras. Aprovechan el período tras la tormenta para calentar los huesos, expuestos con pudor al escaso sol que se esfuerza en atravesar las nubes y la persistente contaminación, y alcanza el áspero asfalto sin apenas fuerza. Luego de vuelta a casa.

Los edificios de mi calle fueron construidos a finales de los años cincuenta y son casi todos iguales: cuatro portales por bloque, cuatro alturas por portal, cuatro manos por altura, todos de ladrillo rojo y sin balcones y con los bajos disponibles para comercios, cada cual con sus antenas parabólicas y colectivas en el tejado. Por lo uniforme diríase una barriada militar aunque no es el caso.

Hay dos excepciones a esta reglamentación castrense: la guardería y el hotel nuevo. El jardín de infancia, el que sobrevive pues otro se arruinó por falta de niños, está ubicado en un antiguo chalet de una planta, por el tipo de construcción probablemente anterior a todo el barrio. A su lado contrasta el hotel con doce alturas y parada de taxis, en donde los conductores dormitan a la espera de algún cliente con prisas que quiera escapar del barrio.

Una vez, hace no mucho, fue una historia distinta. Yo era pequeño y la gente no huía de aquí a ninguna parte. Había tiendas de ropa y panaderías, una librería, una floristería, una tienda de discos y hasta un quiosco de chuches,  y personas que compraban, niños jugando por el parque próximo, jóvenes soñadores que planeaban vivir su existencia en el barrio…

Mi calle, ahora,  se parece cada vez más a mi país con su estricto sentido común, recortado y único. Sólo hay dirección salida.

 

Calle_Don_Jaime_I_(Zaragoza)

Rafael de la Torre

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