Un visitante más – por EVA MARÍA CASTILLO

No sabía si la luz de la vela aguantaría unos minutos más, tardaba demasiado en registrar el arcón de la sinagoga donde el rabí le dijo que estaba, no halló ni rastro de la tela carmesí que envolvía el pergamino.

Había llegado casi sin aliento, recorriendo el adarve empedrado entre sombras. Las estrechas callejuelas parecían esconder peligros anónimos con los candiles agitados por el viento gélido de ese primer día de noviembre.

Sabía que los tributos que llenaban las arcas reales habían mermado tras la expulsión y los judíos conversos cayeron en descrédito. Se sospechaba que quedaban sólo unas pocas familias que gozaron del favor real, siempre viviendo con el temor de que alguno de sus vecinos les acusaran, como habían hecho con tantos otros, la suya había logrado quedarse.

Se le heló la sangre al tocar una suave tela, la urdimbre se deshizo en breves jirones al intentar sacarla del baúl, casi sin atreverse a mirar, deshizo la lazada que lo cerraba y entresacó un ajado cuaderno, bello por su tiempo y oscuro por lo que guardaba. Abrió, ojeó temblando y casi al final, una flor seca, de jazmín y azahar, marcaba el inicio de una línea…” A mi cuidado, transcribo para encargo de Samuel Ha-Leví, las prebendas que acontecen y se describen en este manuscrito, cuyo destinatario tendrá a bien hacer cumplir en mi ausencia obligada y en agradecimiento a muchos años de fidelidad y confidencias…” dejó de leer las siguientes líneas, embriagado en aquellos trazos elegantes, cultos, magníficos. Como un baile de máscaras fueron apareciendo cursivas, versales, damas de tinta en su singular danza hasta llegar al final cuando al secarse los ojos, distinguió nítidamente…a Samuel Ha-Leví y sus descendientes si los hubiere, mi almojarife, salvaguarda y mecenas … Yo el Rey. Pedro I.

Salió apresuradamente al exterior de la Sinagoga, por fin su corazón tenía la certeza de lo que había oído de boca de sus padres y estos de sus padres, así por seis generaciones. Cuando recobró la calma volvió a entrar recorriendo una a una sus galerías, asombrado por los frisos mientras iba susurrando una cantinela que escuchó desde pequeño en su casa, sin contar con él, nadie levanta mano ni pie, una sonrisa se le dibujó en los labios y al llegar a la Sala de Oración, arrodillado, recordó cantos del libro de los Salmos admirando cada detalle, como un visitante más.

 

Eva María Castillo

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