Un tratamiento eficaz

Si el loco persistiese en su locura se volvería sabio.

William Blake

Cuando terminó de rellenarla de nata montada y cubrirla sin orden ni concierto con unos ramitos de grosellas rojas y muchas fresas laminadas, colocó la tarta en la encimera y la observó. Era perfecta y roja. Otra vez. Como la sangre de su corazón destrozado.

Se sentó y se puso a llorar desconsolada.

—¿Cuántas tartas ha hecho este martes?

—Once… —contesta avergonzada e incómoda.

—Pero… ¡eso está muy bien! —exclama alegremente la psiquiatra—. Por lo que veo en mis notas, la semana pasada hizo diecinueve. Y la anterior, veintitsiete… Avanza usted muy bien. Ocho tartas menos cada semana.

—Pero, doctora, ¿quién se va a comer tanta tarta? La residencia de ancianos a donde enviaba mis excesos resposteros ya me ha comunicado que los viejos están empezando a sufrir de sobrepeso y niveles elevados de azúcar, y los geriatras están preocupados…

—No importa; si sigue a este ritmo, la semana que viene estará usted curada… ¡curada! El sobrepeso y el azúcar de los viejos de la residencia a usted plin —la doctora parecía eufórica con la marcha de los acontecimientos

—Pero…

—No hay peros. Hágame caso: yo soy la médico, ¿no? El próximo miércoles habrá hecho solo tres tartas y estará curada. Tres es un número de tartas razonable. Y, entonces, ¡se acabó!

—Bueno, es que hay algo nuevo que no le he comentado…

—¿Y es…? —la psiquiatra tomaba notas con frenesí.

—Este martes, todas las tartas han sido rojas…

—¿Y?

—Bueno, ¿no le parece raro?

—¿Se lo parece a usted?

—Pues sí. Parece otro síntoma de mi enfermedad, ¿no?

—¿Es la primera vez que ocurre? Quiero decir, ¿las tartas de la semana pasada eran todas azules o verdes? ¿Y las de la semana anterior amarillas?

—No, doctora. Eran variadas en tamaño, forma y color…

—Y esta semana han salido todas rojas… ¿correcto?

—Sí. Del mismo color, tamaño y forma. Y eso me preocupa, sinceramente.

—De qué forma son las de esta semana, redondas, cuadradas…? —seguía escribiendo aprisa, sin levantar la vista del cuaderno.

—Tienen forma de corazón — replicó ella enrojeciendo.

La doctora pega un bote en la silla. Esta vez deja de escribir y mira a su paciente con pasmo maravillado.

—Pero… ¡eso es fantástico!. Es ab-so-lu-ta-men-te maravilloso, ¿no se da usted cuenta del significado?

—Creo que no…

—Corazón, rojo sangre… ¿No lo ve? Está sacando toda su pena por la marcha de sus hijas de casa (que al parecer es lo natural, aunque usted y yo sabemos que no lo es), ¿no lo ve? Ahora todo son corazones rojos en su cocina, ahora todo está bien. Me reitero en lo dicho: ¡la semana que viene estará curada!

—Bien, si usted lo dice….

—Lo digo. Otras madres, ante la marcha de casa de los hijos, pierden la cabeza de verdad: se apuntan al club de tenis o de golf (deportes a los que nunca jugaron). O peor, a aprender flamenco ¡con sus edades!. Usted se limita a hacer quince o veinte tartas rojas, ¡por todos los santos! ¿Qué tiene eso de raro? Si me dijera usted que después de hacerlas se las come, quizás me preocupara. Pero no es el caso.

—Y a pintar, ya sabe… —le recuerda ella.

—Síiiiii. Y hablando de lo otro: ¿cuántas meninas ha pintado esta semana?

La psiquiatra pasa la hoja de su cuaderno y se apresta a tomar notas bajo el epígrafe “Meninas”.

—Dieciséis…

—¡Bien! ¡Pero que muy bien! ¿Óleo, acrílicos, técnica mixta…?

—Acrílicos…

—¿Lo ve, mujer? ¡Esto está chupado! El miércoles anterior fueron óleos, lo que me decía que usted estaba aún tratando de negar la marcha de sus hijas mediante el cuidado y preciosismo que requiere la técnica del óleo, a más de lo que tardan en secar. Es decir, que se eternizaba en terminar cada menina, con lo que retrasaba todo el proceso de despedida y su curación. Y mucho peor aún la semana ante-anterior, cuando las hacía con técnica mixta; tanta tela y recortes, tanta mezcla de pintura y pegamín… — la doctora no cabía en sí de gozo—. Recuerde que tardaba siete semanas en hacer cuarenta meninas; todas ellas bebés vestidas de rosa, por cierto.

La psiquiatra hizo unas anotaciones rápidas en su cuaderno.

—Bueno… —otra vez enrojece—. Esta vez fue distinto…

—Eso es importante… ¿Cuál era el tema de las últimas dieciséis?

—Uuuummmm… —ella duda un momento—. Bien, el caso es que todas van vestidas con un corpiño de cuero rojo y medias de rejilla negras. Con costura. Llevan botas y… un látigo.

—Pero… pero… ¡eso es excepcional! —exclama emocionada la doctora—. ¡Ha liberado su sexualidad a la par que ha dejado marchar a sus hijas! Jamás, y estoy siendo literal, jamás de los jamases he tenido antes una paciente que se haya curado simultáneamente de una psicosis tártara a la vez que de un síndrome meninero. Se lo juro. ¡Es algo histórico en el mundo de la psiquiatría, señora Valdés! La gente es muy dejada con respecto a sus problemas mentales; se niegan a verlos y piensan que ya se curarán solos. Usted, en cambio, pasa a la acción…¡Ja, y de qué modo!

—Pero estuve dos días pintando sin parar; ¡dormí solo tres horas de las cuarenta y ocho que tardé en pintar las dieciséis…!

—¡Bahhh! ¿Y quién necesita dormir? Ya dormirá cuando se muera. Se hartará de descansar, créame… Está usted cada día mejor, ¡esto marcha de maravilla!

 —¿Qué te ha dicho la doctora?

La llamada de cada tarde de su amiga Cari era lo único que le quedaba de su antigua vida.

—Que estoy estupenda. La semana que viene estaré ya curada.

—¿Así, de repente, la semana que viene curada?

—Cari, es que no te lo he dicho todo: también he liberado mi sexualidad.

—¿Te has acostado con ese imbécil?

—No: he pintado diceiséis meninas dominatrix. Eso es un dato contundente. Oye, te dejo…

—¿A dónde vas?

—A hornear tres tartas verdes. Es que tengo prisa en curarme; quiero dejar ya la terapia. Si te digo la verdad, creo que esta doctora está como una cabra. Cuanto antes acabe con esta historia, antes me dirá que hemos terminado y correré menos riesgos de contagiarme de su locura.

—Pero…

—Luego te llamo.

Y colgó de camino a la cocina. Cuanto antes acabara con las tartas verdes, mejor. Estaba harta de esta mierda psico-tártara…

TArta verde

 

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Rosa H. Mula

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