Un taxi odioso, por ELENA SILVELA – #misescritos

Quise decirlo y la palabra murió en mi boca antes de salir, como una concepción marchita. En mi garganta bullía una auténtica revolución, mis pupilas deshidratadas clavadas en las tuyas. Intenté chillar con la mirada. Con la respiración. Con las manos.

Nada.

Ante mi estampa pasó la que había sido mi vida contigo en los últimos dieciocho años. Abrazos, risas, manos cogidas. Abrazos, besos, más risas y pasión. Confidencias. Confianza. Calor. Cariño y amor. Decepciones y engaños a destiempo. Mentiras piadosas. Mentiras peligrosas. Enormes silencios. Cosas sin decir y sentimientos ocultos.

Los dedos de mis manos se entremezclaban haciéndose daño mientras te veía componiendo una maleta grotescamente abultada. Tus facciones, como disecadas, no expresaban duda. Tu mirada exenta de apego. No te echarías atrás. Lo tuve claro cuando la cremallera de la maleta se cerró en un ultimo tramo agónico y no hubo titubeo en la acción.

No he sido capaz de recordar tu cara mientras te despedías con ese ademán envenenado con rencor. Tus pasos resueltos hacia la puerta, sonoros,  hicieron que mis rodillas flaquearan. Me tuve que sentar en el borde de esa cama de matrimonio que se agrandaba por momentos con el simple anuncio de tu marcha.

Te alejaste en un taxi odioso y yo me senté, sola, con mi “quédate” marchito amarrado al alma.

 

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Elena Silvela

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