Un Requiem de Verdi irrepetible – por ELENA SILVELA

Soy consciente de no tener las palabras adecuadas para describir, en toda la extensión que requiere, lo que sucedió la noche del Requiem de Verdi. No fue un asesinato. Fue un concierto para recordar, para guardar en el álbum de los imprescindibles. De antemano confieso que voy a ser una traidora, como los traductores que traicionan un texto al convertirlo a otro idioma, pues no seré capaz de transmitir todas las sensaciones -auténticas, inmediatas, sinceras- que vivimos en el Auditorio la noche del 14 de marzo en ese conciertazo del Grupo Talía.  Era la primera vez para los Talianos. Una hora y media de Réquiem de Verdi sin descanso. Obra densa, compleja, llena de sentimiento y alma. Una obra que ha de interpretarse poniendo las entrañas y el corazón a la vista de los espectadores. Lo sabía muy bien la Directora, Silvia Sanz. Y así quiso que Orquesta, Coro y Solistas lo interpretaran. Con alma, corazón, sentimiento, fe, miedo y falta de fe algunas veces. Susurrando, implorando a veces, gritando otras. Con desesperación, tristeza, alegría y esperanza. Impresionaba ver el Coro desde mi anfiteatro, ciento diecisiete personas como un bloque. Si lo pongo en número, la cifra es más llamativa: 117 personas unidas como una piña. La Orquesta también al completo. Caras serias, gestos rígidos. Nadie pensaba quitar ojo a la Directora. La pieza era difícil, de noble cuna y arraigo y de sensible interpretación. Silvia Sanz optó por aprendérsela de memoria y salió a dirigir sin partitura. La mejor forma de conectar con su Grupo Concertante, sin distracciones.
No sólo había nervios en el escenario, también entre el público. Una apuesta jovenzuela me transmitió su inquietud. «Están nerviosos todos. Mi madre, mi abuela, los de la Orquesta. Y yo sobretodo, que me sé la obra de memoria y no puedo estar ahí abajo, tocando.» Me quedó clarísimo. Todos ellos eran conscientes de que interpretar a Verdi en un Réquiem tan solemne era tarea excelsa. Y como ocurre en tiempos de adversidad, parecían una gran familia apiñados sobre el escenario, alentándose unos a otros codo con codo, arco con arco.
No tengo mejores adjetivos para la dirección de Silvia Sanz que los que a continuación dejo. Magistral, soberbia, entregada, absorbida, dedicada. No pudo poner más carácter y cariño en sus manos, brazos, mirada. Vocalizó cada una de las palabras importantes del Réquiem, como si con ello empujara más a ese insustituible Coro que suple cualquier carencia con arrolladora determinación; que es por encima de todo un ejército de ilusión y fuerza. Las trompetas anunciando y paliando la ira de Dios. Los cellos gimiendo en el Ofertorio. Los violines y violas. Los contrabajos, siempre guardando las espaldas…. Y los solistas, tan extraordinarios como excelentemente arropados por el Coro.
requiem 4
Foto del Grupo Talía
Toda obra maestra llega a su fin y este Réquiem también llegó. El último «Li… be… ra… me…» a dosis iguales suplicado y susurrado dio paso a un final mudo en que el público pudo optar por aplaudir con entusiasmo o permanecer en el silencio de las almas que ya no están con nosotros. Optó el Auditorio por lo segundo. Todos los ojos puestos en Silvia Sanz, Coro, Orquesta y Público. Sin parpadear, casi sin respirar. Un silencio profundamente respetuoso, por la obra en sí y por la interpretación en la que cada miembro del Grupo Talía se había dejado una muestra de su alma. Un silencio sobrecogedor, tan denso que desde el anfiteatro podía verse la incierta bruma que dejan las notas cuando ya no tienen que maridar con otras y se desintegran poco a poco en la estancia. Un silencio de veinte segundos de tributo inmenso a la labor de la Directora, a la entrega de la Orquesta, al coraje del Coro, a la profesionalidad de los cuatro solistas. Un silencio en el que pude agradecer todo a mi Barítono predilecto por haberme introducido hasta las mismas entrañas Talianas, a Blanca Castillo y a Rodolfo Hernández por ser como son conmigo, a todos los Talianos que conozco en persona y a los que no, a Francesco Cama por ser tan encantador, a Alba por darme besos cada vez que me ve en el anfiteatro, a Silvia Sanz por su cercanía.
Un silencio profundo con el que se mostró el lado más sincero del público, incapaz de romper el hechizo. La Directora bajó los brazos lentamente, sus ojos cerrados agradecían la pleitesía, y cuando la batuta ya estaba señalando al suelo, el Auditorio se inundó de aplausos, de fuerza, de alegría, de reconocimiento sonoro. Mi más sincera enhorabuena, Talianos.
Esta crónica queda especialmente dedicada a Jenny Clift.
 
talia verdi
Foto de Alejandro Santamaría
requiem 3
Foto del Grupo Talía
Fotos del Grupo Concertante Talía

Elena Silvela

Elena Silvela Ha publicado 348 entradas.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.