Un paseo nada más – por EVA MARÍA CASTILLO

Se prometió que sería un paseo nada más cuando se atrevió a enviarle la respuesta a su mensaje privado desde el chat. Hacía ya dos semanas que recibió la invitación para conectar, alguna vez curioseando le había buscado, pero siempre le sugería el mismo perfil sin foto y desistía en su búsqueda, -qué tonto ponerme a buscarla, si seguro que ella no se acuerda de mí después de tantos años-. Se sonríe cuando recuerda cómo le dió un vuelco el corazón la mañana en la que vió la luz azul parpadear en su móvil y con intriga miró a ver quién era esta vez el que le solicitaba amistad.

Era curioso esto de la Red, antes bajabas a la calle, a la vuelta, nos llamábamos al telefonillo para conseguir juntarnos a echar un rescate, jugar a bote, o sentarnos en las escaleras del portal a comer pipas, éramos amigos a fuerza de quedar y nos ganábamos ser amigos porque lo éramos, y los vecinos nuestra seguridad y nuestra privacidad, mirar a la ventana de casa nuestro aviso para terminar y despedirnos hasta el día siguiente. Aún no se lo creía y no terminaba de confiar, así que aquella mañana la pidió que le escribiera algo que no dejara duda de que realmente era ella, y cuando leyó cómo le llamaba, no pudo evitar sonreír, aún se acordaba de aquel nombre que sólo ella conocía. No había duda, era ella.

Inició sesión en su ordenador para que no le vieran en el trabajo mirar tantas veces el móvil deseando que ella se pusiera de nuevo en contacto. Se había atrevido a invitarla a un café de los que les gustaban, en el Retiro, un poco con miedo, un poco con la temeridad y osadía de quien piensa que no tiene nada que perder por intentarlo y leyó un -sí, me gustaría mucho-,…del momento en que lo vió casi ni se acuerda lo que sí supo es que las oportunidades se cogían así, sin apenas pensar.

Y quedaron.

Como quien busca un lugar, se sienta a esperar, mira, se levanta, observa a alguna pareja pasar cogidos por la cintura, anda un poco, se fija en una flor que, solitaria crece entre árboles inmensos, centenarios, y acude sin prisa al otro banco, el de la sombra, para que no le noten sus calores y temores. No esperaba haber cambiado tanto como para que ella hubiera pasado de largo, quién sabe, le pareció que estaba igual, algunas canas revueltas que podía disimular, de momento, algún dolor en las rodillas cuando se nublaba el cielo, pero por lo demás, igual, o eso creía.

Cayó en la cuenta de que no tenía ninguna foto de ella de antes, si hubiera sido ahora tendríamos miles, pero antes sin móvil, cada foto que hacíamos la pensábamos muy bien, los carretes en las cámaras eran un bien muy preciado y revelarlo era siempre una incógnita saber cuántas merecerían la pena.

Él había resuelto su vida, un trabajo, una familia y una casa sin hipoteca, qué más podía desear, pero su corazón aún buscaba un sobresalto, sentir su latido más allá de lo habitual, y lo que comenzó como curiosidad hoy era espera impaciente al momento en que la volvería a ver, a oír, a caminar a su lado, mientras los pensamientos contagiaban la espera.

Buscaba sentir su corazón vivo, alguna vez pensó cómo hubiera sido su vida si, de entre uno y dos, hubiera escogido el tres, si entre lo recto y lo llano, hubiera subido la cuesta. Dónde, cómo, quién… Y paraba de contar, no podía imaginar lo que no fue, quedaría siempre con la duda, depende, después, no fuera a ser que alterara lo cotidiano.

Hoy se encontraba feliz, registrando todas las emociones que no reconocía… –hola-.

Se miraron, como se miran las ninfas de la fuente. Se sonrieron, como quien no necesita palabras, ni mundo, ni aire. Los pasos siguieron su ritmo, las palabras y los silencios su melodía compartida. Se sentaron para poder mirarse y dejaron enfriar el café, como antes, como ahora, pendientes como estaban de sus recuerdos.

Continuaron el paseo, nada más, giraban los anhelos, bailaban los nenúfares en el lago, las palomas continuaron su cortejo. Quedaron solo para ellos el aroma del tomillo y los lilos, del resto dió cuenta el viento en las hojas y algún pájaro despistado testigo de sus manos, cómplice de cada paso. Se vieron reflejados en el agua alejándose ya como los colores del atardecer con promesas de atesorar cada detalle. Con su sonrisa en los labios volvió a casa a seguir viviendo, sintiendo lo poco que cambian los sueños inalcanzables, por mucho que nos cambie la vida.

 

Eva María Castillo

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