Un luchador – por ELENA SILVELA

Se recrea en los problemas de los demás. No es envidia, simple protección. Añora tiempos de gloria y sus ojos ya son grises. No es gran conversador, antaño lo fue, pero escucha hasta el infinito. Algo tienen sus manos, todo niño se aferra a ellas sin temor. Viste con simpleza. Camina ligero a pesar de su edad. Está acostumbrado a su soledad y entretiene el tiempo en un sinfín de actividades. Nunca habla del pasado si no es con una copa de chinchón. Cuando evoca no mira de frente, su voz se proyecta sobre el suelo, profunda y contundente. Relata conciso, detalla si es imprescindible. Sonríe muy pocas veces y cuando lo hace la estancia se ilumina y los ojos tornan azul, como si volvieran a la vida. No devuelve la mirada a menos que esté haciendo una pregunta de importancia. Se diría que no le quedan intereses ni afectos en la tierra; cuando su hijo le visita desde el otro lado del mar la expresión del rostro se suaviza, los surcos de la frente disminuyen y parece recuperar vocabulario. No se excede, sabe que la despedida que viene a continuación es dolorosísima. De sus labios no ha salido queja desde que enviudó. Algunos dicen haberle visto llorar en la tumba, pero son poco de fiar. Es un hombre mayor. Respetado y admirado. Aún apuesto, decidido. Un luchador desde que nació.

manos anciano y niño

Elena Silvela

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