Un giro.- por ELENA SILVELA

No sabiendo qué hacer con su rabia, la amasa con las manos. A ratos, intenta aplastarla, ahogarla vilmente. Los nudillos crispados, las articulaciones tensas, las uñas sin circulación. Levanta a veces la vista hacia la puerta y todos los recuerdos se agolpan formando un caos, un cúmulo de ideas, visiones superpuestas.

No recuerda el momento en que todo se precipitó hacia ese desastre, pero sí recuerda la sensación de ira. El descontrol de sus actos, la desmesura de sus gestos. Creyó ver incluso cómo sus propias pupilas se agrandaban. Nunca había matado a nadie hasta entonces, todavía hoy no sabe de dónde venía esa súbita fortaleza física.

Han pasado muchas horas. No sabe cuantas. El interrogatorio está siendo eterno, ya no sabe que hacer con las manos y con su desesperación. Es probable que hayan pasado más de 24 horas. En ocasiones, siente que no quiere ni defenderse; que es mejor confesar una inexistente crueldad y que le encierren de por vida, en una celda donde nadie le increpe. Quiere llorar, pero ya no le salen las lágrimas. La persona que más quería, la que era su mundo, está muerta. Cree que la ha matado aunque no se atreve a decírselo a sí mismo. Siempre vió situaciones extremas en las películas, pero nunca imaginó que se vería envuelto en una de ellas, como protagonista. Único y principal protagonista. También se plantea dejarse morir, de algún modo. Puede que la celda sea un lugar idóneo, donde nadie intente frenarle.

Escucha como gira la llave de la puerta, levanta la vista, y ve a su abogado, que entra sonriéndole. “Han encontrado al culpable. Ha confesado. Te voy a sacar de aquí.” Cree estar soñando, delirando.

cesar atardecer en memorias de africa
Foto de César Babío.

Elena Silvela

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