Un día en la vida de Sapho – por FERNANDO RUIZ GRIJALBA

Y de nuevo apareció el sol en el horizonte; ascendía lenta pero invariablemente  a la vez que engalanaba de luz y color una mañana más en la isla. Sapho buscó el libro de tablillas enceradas y el estilete de marfil, regalo de su madre, lo metió en la pequeña alforja de mano y tomó el sendero. Abriéndose paso entre los pinos del  bosquecillo  llegó al pequeño claro en lo alto, apenas si era una pequeña elevación, pero la vista era tan hermosa…

En medio estaba la frondosa higuera solitaria; “mi centinela” la llamaba, porque quería que fuese guardián de tanta belleza que se ofrecía desde su sombra; solo la diosa Afrodita podía haberla creado, pensó. Paisaje de almendros ahora blancos que daban paso a una campiña en la que narcisos y jacintos bordeaban las manchas verdes de los olivos; y allí, al fondo, la morada de Poseidón, vestida de suave y aterciopelado azul  esa mañana.

Se acomodó contra el tronco del árbol y comenzó a escribir la primera tablilla; esta vez la Oda Nupcial  era para Atthis, su alumna preferida. Como otras muchas veces, quería plasmar la alegría del amor junto a la belleza; sin embargo solo acudían a su mente  desconsuelos y melancolías. El amor que sentía por ella era solo comparable al que sentía por Alceo. Viendo que las estrofas que concebía solo rezumaban nostalgia y pena, cogió la tablilla y el punzón y los guardó de nuevo. Fijó su vista en el tranquilo mar, y aunque no le llegaba el sonido de las olas, si la brisa cargada de recuerdos.

Habían pasado cuatro años de su regreso desde Siracusa y tres desde que creó  la Academia; muchas eran las jóvenes a las que estaba instruyendo en el arte de las flores, de la poesía y el canto, así como en la danza; todo ello y algún otro arte más era lo que abarcaba la  preparación para el matrimonio de sus alumnas. Si de algo no estaba satisfecha Sapho era que solo las familias nobles mandaban a sus hijas a “La Casa de las Servidoras de las Musas” que así se llamaba la Academia. Solo tuvo una alumna de clase humilde, y que a la postre fue la más notable de sus estudiantes. La conoció mientras paseaba con su amante Alceo por el puerto; estaba  sentada entre varios marineros repasando una red de pesca y les llamó la atención que fuese ella quien les hablaba; se acercaron y observaron cómo a pesar de su juventud y del hecho de ser mujer, contaba historias a hombres curtidos en mares bravíos, y cómo estos la escuchaban atentamente.

 

  • ¿Cómo te llamas muchacha? La pregunto Sapho;
  • Aguidica – la contestó.
  • ¿Quieres venir a mi Academia a aprender todo aquello que yo pueda enseñarte?

 

De esta manera Aguidica pasó a ser una más en la Academia; sin embargo era tal su  curiosidad por saber, que después de tres años aprendiendo, un día la dijo a Sapho que quería ser médico, cosa del todo imposible ya que esos estudios solo podían hacerlos los hombres; pero era tal su interés que entre Sapho y ella concibieron un plan, este consistía en disfrazarse de hombre, y así poder asistir a las clases de medicina. Así fue como Aguidica se hizo médico. LLegó a ser tan competente que el Consejo de la ciudad de Mitilene le concedió permiso para ejercer; y así lo hizo con gran maestría, siendo la primera mujer galeno, que se sepa.

Una fuerte brisa cargada de olor a mar y almendros la trajo de nuevo al presente.

Mi amada Atthis… ya siento el dolor por tu ausencia, susurró mirando al horizonte; y lentamente se levantó e inició el camino de vuelta a casa.

El trajín en la villa a esas horas era grande, los criados andaban de un lado a otro, unos trabajaban en la cocina, otros atendían los jardines, los que llevaban la túnica blanca eran los que se encargaban de la limpieza y decoración de la casa; por último estaban los que se ocupaban del ganado y de la cuadra de caballos; a ellos había que añadir la asistenta personal de Sapho así como el ayudante de su marido Kerkilo.

-¡Madre!-  gritó Kleis al verla entrar al patio de las palmeras- ¿Dónde estabas?-

-Intentando componer una Oda Nupcial para Atthis, quería dársela como regalo de boda, pero solo vienen a mi mente palabras cargadas de tristeza en lugar de alegría.

-No importa, si lo que sientes es tristeza por su marcha, cubre esta de belleza y quizás sea la Oda más bonita que hayas escrito –  añadió su hija que para tener solo siete años, se expresaba como una joven culta y educada.

Macares, la sirvienta, se asomó al patio y haciendo sonar la pequeña esquila  anunció que la comida estaba en la mesa, y Kerkilo esperándolas.

Tan pronto como la tarde empezó, Sapho abandonó la casa para ir a la Academia; ese día, aunque no impartía clases por ser la fiesta de Zeus, si quería estar con aquellas alumnas que, por ser de otras ciudades lejanas, vivían en la propia Academia. Se dirigió directamente al jardín, donde estaban practicando la danza recién aprendida; Anágora, Eranna, Andrómeda, Gongila, Eunica, Telesipa, y sobre todo Atthis. Corrió hacia ellas y se fundió en un abrazo con todas. Sus alumnas no eran estudiantes sin más, sino que eran discípulas a las que amaba y de las que se surtía como fuente de inspiración.

Cantó, rió y bailó con ellas hasta bien entrada la tarde. Ya de anochecida llegó una tartana hasta la puerta de la Academia.  Era Telesicles capataz de las cuadras, a quien Kerkilo en vista de que la oscuridad se había hecho presente, y que no era conveniente que volviera andando y sola,  había mandado a recogerla.

Sapho tomó para cenar un  poco de pescado asado sobre brasas de tomillo mientras bebía la copa de vino con miel que le había servido su marido. No sabría decir si fue el pescado o más probablemente el vino, pero sintió que las palabras y los versos empezaban a fluir de nuevo en su mente; cogió el punzón y empezó a escribir:

Pero a menudo, errante por la añoranza
de la dulce Atthis, el anhelo en su alma delicada,
y la ansiedad en el corazón la devoran.
Y con fuerza nos grita que vayamos con ella,
y su grito, no inadvertido a nosotras,
la noche populosa lo hace resonar
a través de los mares.

 

Fernando Ruiz Grijalba

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