Un día de descaste en la estepa manchega – por LOBO ILUSTRADO

El brillo dorado de la mies confería una especial belleza al árido paisaje. Ahora apretaba el calor de verdad y mi joven perrita, Tara, estrenaba un corte de pelo tipo teckel – al que me había resistido por aquello de la protección en terrenos sucios y difíciles a los que entra sin vacilar – que había dejado el color de su rojizo manto en un tono más trigueño. Antes, teniendo en cuenta que el perro de pelo duro no muda, le había practicado una suerte de stripping al tiempo que retiraba la espiguilla y los rompesacos, cuando no alguna espina de zarza o de majuelo, prendidos en su recia capa tras una jornada de agostado campo.

Ese día, la anhelada soledad compartida con mi fiel compañera iba a ser solemne y estricta soledad. No era posible llevarla conmigo al descaste de conejo, puesto que el permiso sólo autorizaba al empleo de hurón y capillo o escopeta, y no de perro. No soy de los que cazan con el dócil mustélido y menos con aparejo de malla, con lo cual mi propósito era apostarme en un señalado cerro de calizas y espartos salteados por algún chaparro que podría ofrecerme sombra. Desde allí, conseguía dominar un vivar muy concurrido que ya tenía localizado a pie de siembra, lejos de las redes y los cartuchos dispersantes en los majanos. Después de campear a la perra y mientras preparaba los apechusques, ella ya barruntaba que aquel no era su día. Al amparo de esa profunda mirada de complicidad que parecía querer indicarme las pautas a seguir esa tarde, mis previsiones sobre la conducta y costumbres del lagomorfo alcanzaban otra dimensión. Para llegar a la postura marcada debía tomar el ahorro que iba por el liego  y ya debía partir.

El arma elegida para estos menesteres era la de siempre; mi antigua escopeta paralela del 12. Una AYA de pletina entera con finos grabados al estilo Purdey, del año 59, de las que ya no se hacen. Nada que ver con las modernas repetidoras que matan más caza, pero mucho más bonito el tiro, a mi entender y sentir. Al margen de la estética, que es importante, me habría sobrado siempre una herramienta más sofisticada, cuando lo que verdaderamente trascendía era el itinerario y las dificultades que uno debía afrontar para la consecución del supuesto lance, no el resultado. Es posible que pudiera ser tildado de pobre pringado por el pistolero de gatillo flojo que, por otra parte, siempre ha existido pero que ha aumentado su número a la par que el muy considerable incremento de las licencias desde los tiempos en que cuatro gatos cazaban en terreno libre. Aún así, me quedo con el romanticismo y, la virtud de saber apreciar el olor del campo y de poder solazarme con el sonido del monte.

De esta guisa, me disponía a disfrutar de una planeada espera, más que del propio acto de descastar. Desde mi posición tenía una vista privilegiada de la ZEPA, incluido el saladar y su entorno de vegetación halófila de albardinales y tarayales.  A las grullas y las malvasías cabeciblancas de los pasos migratorios les tomaban el relevo en primavera las colonias de charranes y, porrones, zampullines, chorlitejos, avetorillos y calamones, en labores de nidificación y cría. El aguilucho lagunero exhibía el disfraz de hembra en su afán de apareamiento. Y el perdigacho alertaba con sus cantos de la invasión de su territorio, ofuscado por los calores prematuros que habían propiciado un desigual celo.

En ese ínterin de sano atracón de biodiversidad, había cobrado ya cuatro conejos, todos de tiro largo, dándome por satisfecho. Esta tesitura era la apropiada para invocar, otra vez, al cazador que escribía : ” Si en este bárbaro mundo no fuésemos tan elementales como para añadir el mérito por kilos, llamaríamos mayor a la caza de la perdiz y menor a la del elefante” ( Miguel Delibes). Y como yo voy a ” matacuelga”, también en lo que respecta a la menor, no importaba la ostentación de una abultada percha pero sí la chicha que iba al arcón o, a la cazuela, en este caso. Cuenta saldada con Tara que, al día siguiente, compartiría conmigo el suculento guiso y demás viandas de la tierra que nos acoge.

 

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