Un día con prisas

“Voy con la hora pegada”, se dijo. Mientras caía en la cuenta del populismo tan pedestre de la expresión, cogió rápidamente el bolso y se ajustó el abrigo. Desanduvo tres pasos para asegurarse de haber cerrado bien las ventanas y salió a la calle. A la carrera. Madrid recibía su presencia con oleadas de viento suave a las que ella respondía con rápidas zancadas. Tenía que llegar a trabajar no más tarde de las nueve y media. Se estaba jugando su puesto de trabajo y lo sabía. A ciencia cierta. Vaya si lo sabía. Se reconoció a sí misma por enésima vez que odiaba aquel trabajo. Detestaba a sus compañeros y no le producía ningún placer lo que hacía. Una sensación de disgusto se acomodó rápidamente en su estómago. Ya eran viejas amigas. La sensación y ella. Ella y la sensación. Reubicó sus pensamientos y se juró no atormentarse mucho más con esa letanía del trabajo. Al fin y al cabo, era trabajo y no sufría daños físicos. Alguno moral sí, pero era perfectamente soportable. “Soportable”, se dijo, arrastrando las sílabas en su mente. Siguió caminando a buen paso, posando la vista en el balcón de ese edificio que tanto le había gustado siempre. Con las primaveras en los tiestos, generosamente comprimidas, daba gusto recrearse la vista e imaginar cómo sería la casa por dentro. El sonido de su móvil hizo que diera un respingo. Era su hermana. En un tono de apremio que ella bien conocía le dijo: “Deja todo lo que estés haciendo y ven a casa. Ahora mismo. Son buenas noticias. ¡Corre!“. Las intuiciones son poderosísimas y el tono de voz de su hermana hizo que una cierta alarma se encendiera en su cabeza. Giró en la siguiente manzana. Se desvió por la avenida y aterrizó en casa de su hermana. Tocó el timbre, con un poco de aprehensión, intentando imaginar que era lo que alguien calificaba como “buenas noticias”. Una buena razón, eso era lo que esperaba del sentido común de su hermana.

Horas más tarde se reiría ella misma de la candidez de sus miedos. Candidez o  estupidez. La noticia que salió de labios de su hermana al abrir la puerta hizo que tuviera que sentarse en el macetero del descansillo para evitar caer redonda al suelo. Les había tocado la primitiva. La primitiva que traía consigo el bote de los botes. Ni más ni menos que noventa millones de euros. Ambas hermanas eran millonarias.

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Elena Silvela

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