Tres mujeres – por JUAN CARLOS VIVÓ

Cuando fui destinado a Socovos era un pipiolo recién salido del cascarón, muy joven, con ilusión, pero sin saber realmente qué era vivir en un pueblo de dos mil habitantes.

Nada más llegar, a la primera persona que saludé fue al Barraco. Me presenté:

-Soy Juan Carlos, el nuevo cura.

-Bienvenido. Gracias por saludarme y que le vaya bien. Que sepa usted que aún no conoce a nadie, pero ya todo el mundo lo sabe.

Al poco, vino a saludarme Amparico. Tras presentarme no dudó en invitarme a comer. Me había llevado un triste bocadillo y me pareció una propuesta interesante. Su casa fue la primera del Socovos que pisé.

Por la tarde tenía reunión con la secretaria del Consejo de Pastoral, que resultó ser doña Luli. Fue con un cartapacio de actas y papeles varios. Estuvo explicándome la situación de la parroquia, los grupos que había, los problemas y las cosas positivas del pueblo. En definitiva, me puso al día.

Al poco dije mi primera misa en el pueblo. En cuanto llegué caminando a la iglesia, me estaba esperando Carmen Beteta, que se me presentó como la sacristana. Me habló de san Felipe, de su familia, de su vinculación desde generaciones a la iglesia, de la juventud que estaba muy mal y no pisaba la parroquia, me enseñó las dependencias del templo, que no había pisado nunca con todo detalle.

En definitiva, en mi primer día en Socovos me encontré con tres mujeres de las que aprendí mucho, marcaron mi vida y me dejaron honda huella con su vida, con su fe y, por qué no decirlo, con su muerte.

Hacer el panegírico de alguien siempre es peligroso. Sin duda fueron tres personas con infinidad de defectos, muchos de los cuales conocí y sufrí. Ellas también conocieron los míos y los soportaron. Pero el balance, sin duda es positivo, pese a todo.

Carmen Beteta fue una segunda abuela. Me reñía, hasta incluso se permitía a todo un párroco darle pescozones cuando se los merecía. Recuerdo cómo un día felicitaba el santo a una mujer por la calle; cómo, dos días más tarde, en la panadería, felicitaba a otra. Era tan atenta con todos (y se sabía el santoral) que felicitaba la onomástica hasta a quienes ni sabían cuándo era. La recuerdo de modo muy entrañable. También tengo presentes sus interminables peroratas al calor del brasero, de las cuales aprendí mucha historia y muchas historias de Socovos, anécdotas de personas que murieron hace mucho, líos familiares… Era la memoria viva de Socovos.

Luli me impresionó por su porte, por su elegancia, por el respeto enorme que tenía por todos, por su amabilidad… Cuando conocí su historial de operaciones y enfermedades y cuando sufrí con alguna de ellas y vi la alegría con la cual lo llevaba todo, pensé y sigo afirmando, que en ella estaba Dios, quien da fuerzas para superar lo insuperable.

Y, finalmente, Amparico, una mujer todoterreno, muy activa y dispuesta, que me acogió como una segunda madre y que me sirvió de puente, de pararrayos y de salvavidas infinidad de veces. Siempre estaba dispuesta a ayudar a quien fuera. Tenía un sentido de la justicia y de la caridad muy aguzado, que le llevaba a estar pendiente de quien tuviera cualquier necesidad.

Por todo ello, aunque sea brevemente, he querido glosar a tres mujeres de bandera, muy diferentes, únicas, pero que son un cemento que amalgama la vida de esas pequeñas comunidades que son los pueblos y que, curiosamente, casi siempre son personas de fe. Son personas que valoramos realmente lo que son cuando faltan.

socovos

Juan Carlos Vivó

Juan Carlos Vivó Ha publicado 25 entradas.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *