Too Late Blues – por PABLO RODRÍGUEZ CANFRANC

John Fahey pisó a fondo el freno del Chevrolet Bel Air del 58 que conducía y lo dejó clavado a la entrada del cruce de carreteras.

– Éste debe ser el maldito lugar donde Robert Johnson le vendió su alma a Satanás – murmuró irónicamente entre dientes – en mi vida he visto un paisaje más desangelado.

 Ed le sonrió con desgana y cansancio desde el asiento del copiloto mientras del asiento de atrás brotaban como un torrente las quejas y exabruptos de Young Fred, al que el frenazo había precipitado de un dulce sueño de carretera al brusco despertar en el suelo del automóvil.

– Tío, vale que nos arrastres más de dos mil millas buscando a un bluesman fantasma, pero por amor de Dios, ¡no conduzcas este cacharro como un carro de combate!

– Eh, eh, amiguito, que nadie te ha obligado a dejar tu confortable habitación en el campus para unirte a la búsqueda de Skip James, – Fahey fingía enfado pero en el fondo le hacía mucha gracia el mal humor de Fred – ya te avisamos Ed y yo de que el viaje desde California hasta Clarksdale era largo, pero insististe en acompañarnos…

– De hecho se puso bastante pesado al respecto – apostilló Ed.

Young Fred se incorporó al asiento de atrás golpeándose la cabeza con el mástil de la guitarra acústica de Ed, que se había volcado con el frenazo, lo que provocó una carcajada general en la parte delantera del vehículo. Colocó el instrumento junto a él en el asiento y tras dedicarles una mueca de ironía, se puso a observar el paisaje por la ventanilla con estudiada dignidad y continuó protestando:

– Vaya un sitio al que nos has traído, John, esto parece la antesala de la nada. ¿Es aquí donde se supone que viven esos músicos de blues arcaico a los que escuchas como atontado en esos discos que suenan como el sofrito crepitando en la sartén? ¿No te has enterado de que hace más de una década gente como Muddy Waters o John Lee Hooker enchufaron sus guitarras a los amplificadores? ¡Modernízate, tío! Ya no se lleva tocar blues en guitarras de palo.

– Mira chaval, esto es una búsqueda mística – a Ed le delataban sus estudios de literatura inglesa medieval y su pasión por el ciclo artúrico y las leyendas sobre el Santo Grial – Skip James es el padre de todo el blues que tú conoces; sin él Robert Johnson no hubiera sido Robert Johnson, ya le hubiese vendido su alma al Diablo o al mismísimo San Pedro a cambio de tocar la guitarra como un maestro. Y John y yo estamos seguros de que tiene que seguir vivo en algún lugar del estado de Mississipi, donde nació, no lejos de aquí, y le vamos a encontrar y a devolverle a los escenarios. – En efecto, el viaje que habían iniciado hacía apenas dos semanas tenía todas las similitudes con una queste espiritual al uso de los caballeros de la Tabla Redonda.

 John Fahey y Ed Denson habían intimado con Fred en la Universidad de Berkeley, a pesar de que él estudiaba una especialidad de ciencias mientras que ellos estaban matriculados, aunque no frecuentaban en exceso las aulas, en literatura y arte. La escasa diferencia de edad que les separaba, apenas dos años, no les impedía considerar a Fred como una suerte de pupilo o aprendiz, lo que les llevó a investirle, de una forma jocosa a la par de cariñosa, con el sobrenombre de “Young Fred”. Aunque Fred no compartía la obsesión casi enfermiza de sus mentores por la música de raíces norteamericana, actitud ante la que no escatimaba burlas y chascarrillos, sentía una profunda atracción hacia John y Ed, especialmente por el aire freak que emanaban con sus melenas incipientes, sus perillas y su forma de vestir deslabazada -y a todas luces improvisada-, tan ajena a la corrección indumentaria que imperaba en el campus.

Fruto de la devoción casi religiosa que sentían John y Ed por el blues primitivo del Delta del Mississipi, y en concreto por la música del bluesman Skip James, habían acordado aquella primavera de 1963 llevar a cabo una peregrinación hasta la ciudad de Clarksdale, la cuna del blues, para encontrar, con las escasas pistas de que disponían, al en otro tiempo afamado músico del que nadie había vuelto saber nada desde que abandonó los escenarios a finales de los cuarenta. Sin embargo, todas las referencias potenciales para encontrarle habían ido fallando en sucesión, y el último recurso, la oficina postal de la localidad, no había podido ofrecerles ninguna respuesta sobre el paradero de James. Ahora estaban varados en una encrucijada sin saber a dónde ir.

– ¡Era grande! La afinación en abierto de la guitarra en Mi menor y esa voz aguda, tan impropia del blues… Su música tenía un aire trágico, misterioso y fatal. – Fahey hablaba ensimismado pero súbitamente pareció volver a la tierra. – Ahí hay una gasolinera, vamos a llenar el depósito.- El motor del chevy regurgitó y enfiló un centenar de metros hasta ponerse en línea con el único surtidor del destartalado negocio.

Un muchacho con cabeza en forma de huevo y pinta de escasas luces les llenó el depósito bajo la mirada indiferente de su jefe, un barrigón de mediana edad que sentaba su orondo trasero en una silla colocada en la única parcela de sombra que proyectaba el raquítico edificio de la gasolinera bajo la luz inclemente del mediodía. Ed punteaba una escala despreocupadamente en la guitarra mientras Fahey le pagaba la gasolina al humpty-dumpty sureño. Fred parecía estar asqueado de todo aquel entorno. Antes de irse, Fahey hizo la pregunta de rigor: si sabían de algún viejo bluesman que viviese por los alrededores.

El barrigón por vez primera articuló un sonido que parecía proceder del interior de una estatua de jade y que cobró la forma de una frase:

– Chicos, no deberíais meteros en los asuntos de los negros. Eso no gusta por aquí. – Y volvió a sumergirse en su hieratismo primigenio. Fahey articuló una mueca de desagrado y hastío hacia el comentario mientras se ponía de nuevo al volante, y se disponía a arrancar el motor cuando el joven cabeza-huevo dijo:

– Un poco más adelante por esta carretera vive un viejo en una cabaña que cuando va borracho dice que fue un guitarrista famoso…

Enfilaron sin mucho entusiasmo la dirección indicada, pues muchas eran ya las pistas fallidas, hasta llegar a una construcción de madera a la que se accedía a través de un camino de tierra. El sustantivo “cabaña” era demasiado generoso para aquel chamizo de una planta rodeado de electrodomésticos viejos, como un camposanto de metales oxidados.

Desembarcaron del chevy como si de un comando se tratara; Fahey se precipitó hacia el timbre de la puerta, Ed le cubría con su Fender acústica colgada al hombro y Fred quedaba atrás mirando a los otros con cara de estar pensando “¿pero qué se me habrá perdido a mí con estos dos pirados?”. Al segundo bramido del timbre se abrió la puerta y apareció ante ellos una mujer de color entrada en la cincuentena, cuyos ojos de ébano expresaron un temor irracional al verles, como los de un animal deslumbrado en la carretera por los faros de un automóvil. No dejó hablar a Fahey:

– ¿Son ustedes del Gobierno?

– No, señora, somos estudiantes de California. Queríamos saber si vive aquí un antiguo músico de blues, Skip James. Somos admiradores suyos, sabe…

– Aquí solamente vive mi marido, Curtis, que está enfermo – algo más tranquila señaló con el dedo hacia la estancia adyacente en la que se adivinaba la figura humana de un anciano durmiendo en un sofá mugriento – El médico de Clarksdale dice que padece un cáncer genital pero yo creo que es algo que ha cogido por allí de alguna zorra, cuando sale los sábados por la noche. Pasen si quieren…

Con más que evidente desilusión se aproximaron los tres hacia el diván del que emergían sonoros ronquidos. El deshecho humano que contemplaban no podía ser el gran Skip James que había compuesto piezas tan inquietantes y maravillosas como “Hard Time Killin´Floor Blues”. La búsqueda había llegado a un callejón sin salida. La mujer se compadeció del aura de desazón que había invadido al trío y les ofreció un café invitándoles a acompañarla a la cocina. Ed aparcó su guitarra contra la pared del salón y la siguieron.

Ella dijo llamarse Mabel y les contó que trabajaba limpiando en oficinas para a duras penas poder mantener a su marido incapacitado, con el que se había casado cinco años atrás. Mientras los tres seguían con escaso interés sus explicaciones, súbitamente, algo interrumpió la conversación. Alguien estaba pulsando las cuerdas de la guitarra que Ed había dejado en la habitación de al lado, al principio como familiarizándose con su sonido metálico, e inmediatamente, iniciando un fraseo típico de blues, un lick que John y Ed reconocieron al instante.

– ¡Eso que suena es “Devil Got My Woman”! – aulló Fahey mientras los tres se precipitaban hacia el salón para enfrentar al viejo esquelético que, sentado en el sofá, punteaba y arpegiaba cogiendo poco a poco seguridad con el mástil, para acto seguido entonar “I’d rather be the devil, to be that woman man”, con una voz angelical, casi de niño, que parecía proceder de todos rincones de la habitación.

Los años y la enfermedad no habían minado su particular estilo de barítono, ni la fuerza trágica de su forma de interpretar: estaban realmente ante Skip James. Fahey miró de reojo a sus compañeros; Ed sonreía embelesado y en el ojo de Young Fred se podía apreciar como afloraba una lágrima furtiva de emoción.

skipjames

Pablo Rodríguez Canfranc

Pablo Rodríguez Canfranc Ha publicado 890 entradas.

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