Toledo’s night, por ELENA SILVELA #escritos

Termina la película y decide quedarse a ver la siguiente; Piedad sospecha que la noche todavía se prolongará un rato. Recibe un primer mensaje de whatsapp de su hija a eso de la una y media de la madrugada. “Todo bien, mamá. Seguimos bailando un poco más y ya volvemos.” Suspira. Los adolescentes son capaces de casi cualquier cosa. Le consuela el hecho de saber que Almudena y una de sus amigas tienen la cabeza sobre los hombros y no harán locuras. De las que no tienen remedio.

Busca en su biblioteca un libro nuevo. Ver una tercera película le parece atontar demasiado las neuronas, prefiere reservarlas para poner a su hija y a sus amigas rectas como velas, en su caso. Vuelve a mirar el reloj tras un rato de lectura apasionante. Ya no le parecen horas y escribe a su hija, un whatsapp serio del que no recibe respuesta. Intenta llamar, pero el teléfono le devuelve un “desconectado” de una operadora sin alma. Los telefónos de las amigas de su hija están en la misma tesitura. Son las tres y media de la madrugada. Es posible que sigan bailando, la adolescencia tiene un toque de locura. Coge aire y aprieta los puños, ya sabe que la noche además de larga será complicada. Hay otras madres que esperan confirmación de que las niñas han llegado a casa de Piedad a una hora decente. Una horda de madres desbocadas. Sus primeros whatsapps fueron de indignación. Luego de susto. Ninguna de las cinco duerme. A una de ellas, en especial, le vendría bien un equipo de desfibrilación junto al móvil. Jesús. Piedad intenta tranquilizar a todas; siempre ha sido optimista y sabe muy bien que, si hubiera ocurrido algo malo, la noticia le hubiera llegado ya. Cual polvorín. Contesta mensajes maternos muy estudiados, les confirma la reprimenda que se llevarán al llegar. Todo en futuro y en positivo.

A eso de las seis de la madrugada aparecen por la puerta. Las niñas. De puntillas. Ilusas. Piedad despliega sus dotes de oratoria, o ahora o nunca. Se colocan ellas en posición firme, apiñadas en un rincón de la entrada. Miran con ojos compungidos, pupilas dilatadas, puños cerrados. Piedad aún más firme. El rictus serio, la mirada profunda. Habla de responsabilidad. De sentido común, de medida. Se pregunta si en algún momento le habrán tomado por tonta y mete en su discurso a las otras madres. Para diluir la memez. Amenaza con las penas del infierno que aplican las madres preocupadas que no han dormido en toda la noche. Almudena susurra varios “perdón”. Sus amigas imitan el gesto.

Ya desayunando, a la mañana siguiente, Piedad hace saber que ha perdonado el desmán juvenil. Sonríe, pregunta, y obtiene respuestas. Han bailado, reído, disfrutado. Han vivido su primera noche loca. Mientras le cuentan detalles, las amigas de Almudena presionan las teclas de sus móviles con fruición. Una de ellas comenta en alto: “¡Por Dios, por Dios! Mi madre sigue muy hostil. Tengo que ponerle muchos más emoticonos de corazones y besitos.”

Una noche salvada. Una muy larga, la típica “noche toledana” española. Lo importante es que ellas están bien. Tienen un día más de edad y mucho por vivir.

 

copa gin tonic

Elena Silvela

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