Todo era verde – por E. SILVELA

Hasta donde alcanzaba su vista, todo era verde. Opulentamente frondoso. Frondoso y a la vez armónico. Asintió sin querer. La naturaleza rindiendo culto a la lluvia es inmensa. Muestra su agradecido esplendor a los pocos minutos, haciendo florecer hasta la más pequeña margarita de su paisaje. La brisa a humedad traía con mucha claridad el aroma de hierba recién cortada y el inconfundible olor a tomillo. El cuco llamaba a sus hermanos incesantemente, de árbol a árbol, en una cadencia continuada. Había calma. Se respiraba pureza. Limpieza salvaje. No echaría de menos el bullicio, de ello estaba segura. Ya soñaba con las tardes en la terraza, libro en mano, y los ratos muertos escudriñando el paisaje, las formas caprichosas de los olmos, acariciando con los ojos la suavidad de un césped infinito. Abrió la puerta de su pequeña casa en el campo y entró en ella con el ademán de quien pretende hacer un acto de infinitud. Ese iba a ser su hogar de ahora en adelante y no se arrepentía de ello. Sentía haber tomado la mejor decisión de su vida adulta. Dejó el móvil en la entrada, sin preocuparse de comprobar el nivel de batería. La vida en el campo tenía innegables ventajas. La casa estaba limpia, olía a madera y la chimenea del salón crepitaba. Se dejó caer en el sillón, junto a las llamas. Cerró lo ojos y escuchó los ruidos. Sonrió.

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Elena Silvela

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