Toda la luz del Sol – por PEDRO PABLO MIRALLES

Hacía años que no se veían, el encuentro fue fortuito, en la Gran Vía madrileña. Nada más saludarse con un gran abrazo, Francisco comenzó a contar su vida a Lucas, licenciado en derecho, empleado en una gestoría y amigo del colegio. Con una leve sonrisa espontánea, un liviano gesto de alegría en la cara y mirándole a los ojos, que los tenía colorados y de ellos caían lentamente pequeñas lágrimas brillantes como luceros, dijo con voz firme y dulce:

– He sido bastante golfo desde que perdí el trabajo en el 2007, todo por la puta crisis, un ERE falso como casi todos y, al poco, me separé de la madre de mis hijos, no llegamos a casarnos y nunca la engañé. Paula y Andrés, mis hijos, a los que conociste cuando eran pequeños, son mayores y están independizados, pero no me tratan desde la separación porque dicen que no quiero encontrar trabajo, todo un licenciado en sociología y en el paro sin prestación. Vivo en una habitación en un piso de la calle de Las Flores, propiedad de una señora mayor que, también para sobrevivir, tiene alquiladas otras dos habitaciones a unos ecuatorianos y la renta la pago con los 375 euros mensuales del REMI. Hago unos quince kilómetros diarios caminando, así me distraigo y, además, es sano para recuperar un poquito el deterioro físico en el que estoy a los cincuenta y ocho tacos que acabo de cumplir. Tengo una amiga desde hace casi un año, trabaja de limpiadora en unas oficinas a pesar de ser licenciada en geografía e historia, pero trabaja, me cuida y tiene cariño, es siete años menor que yo y la quiero, se llama Adela. He contrabandeado mucho tiempo con el tabaco americano pues de algo había que vivir, he robado, bueno, pequeños hurtos en supermercados para poder comer. Pero Lucas, te juro que a nadie he hecho daño y menos a mis hijos y a su madre. ¡Yo también soy persona, joder, yo también soy persona!

– Francisco, ni tú nadie se merece lo que estás pasando, créeme. Claro que eres persona, como yo, como todo el mundo, hasta ahí podríamos llegar. No te maltrates ni castigues más, no te avergüences de tu vida. La felicidad se encuentra siempre con la sinceridad, la sencillez y la claridad con la que me hablas. La vida es ahora y aquí, no pierdas el tiempo, no tengas la menor duda de que la batalla por la vida la vas a ganar, ya la has ganado.

– Cada mañana sale el Sol, ¿te acuerdas de ese programa de la radio? Tú y yo, todos, tenemos todavía un largo viaje que realizar y yo lo voy a hacer contento, feliz como nunca he sido, así se lo he prometido a Adela, el Sol no nos va a faltar. Recuerda que para mí lo importante en la vida es no hacer daño a nadie. Parece que estamos solos, eso es lo jodido, pero no es cierto, nunca nadie está sólo y hay que vivir con ilusión. Mientras salga el Sol algo importante pasa, que brilla y nos da luz.

Francisco y Lucas se intercambiaron unas frases de despedida, despacito, rodeados de gente con prisas y, con una gran sonrisa que les salía del alma, quedaron en seguir en contacto, se intercambiaron los números de sus móviles y se dieron un prolongado abrazo.

Pasaron unos meses en los que solo se hablaron por teléfono en alguna ocasión y se enviaron algunos mensajes, pocos, pero muy expresivos. Hasta que un día Lucas recibió un whatsapp de Francisco que decía: “Lucas, desde que nos encontramos en la Gran Vía sigo sin encontrar trabajo, pero Adela y yo vivimos juntos en su casa. El próximo viernes día 14 nos casamos en los juzgados de Pradillo a las 11:30 horas y quiero que seas testigo junto con mi hija Paula, que ha aceptado serlo aunque de momento no haya podido verla y tampoco a mi hijo Andrés. No me falles, eres el único amigo que me queda. Contéstame pronto. Un abrazo inmenso”.

Al llegar a casa, Lucas contestó así al whatsapp de su viejo amigo: “Francisco, ok, ¡enhorabuena!, allí estaré puntual en Pradillo. Es la mejor noticia que recibo desde hace mucho tiempo, una gran alegría. Hasta el 14, abrazo fuerte para Adela y para ti”.

Como regalo de bodas Lucas hizo una gran compra en un supermercado el jueves por la mañana, llenó un carrito de los grandes hasta arriba y encargó que lo enviaran al domicilio de Adela y Francisco ese mismo día por la tarde. Después fue a una agencia de viajes del barrio y con la tarjeta de crédito compró un fin de semana en un hotel de tres estrellas, pensión completa, cerca de la playa de la Malvarrosa de Valencia, ida y vuelta en Ave, que les entregaría a la salida del juzgado, ya casados.

Ese viernes día 14, los ojos y la mirada de Francisco y Adela expresaban una felicidad contagiosa inenarrable, como los de Paula, Andrés y Lucas. Terminada la ceremonia en el juzgado, se fueron los cinco a almorzar en una casa de comidas próxima, doce euros el menú especial, que pagaron a escote a pesar de la insistencia de Adela en hacerlo ella. Un día en el que brillaba toda la luz del Sol, como el que disfrutarían los dos recién casados el siguiente fin de semana de ese caluroso mes de agosto en la Malvarrosa.

Marbella atardecer 1
Foto de ELENA SILVELA

Pedro Pablo Miralles

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