Tiene hambre – por ELENA SILVELA

El día es una repetición de otros muchos de años anteriores.

Tiene hambre, que no distingue si es sed o angustia. Al entrar ha sonreído y sabe, por la mirada satisfecha devuelta por el vigilante, que su cara se moldea estrictamente a las órdenes de su cerebro. En el ascensor pulsa la planta novena con gesto rutinario y suspira, siempre mirando al techo. Le recibe la mesa de su despacho, como cada día, con la misma frialdad. Y no le parece suyo. Como cada mañana que entra. Tiene hambre, que puede ser sed, pero no ha bebido ni medio vaso de agua en toda la mañana. Como si quisiese desprenderse de átomos de vida en esa anodina jornada. Reordena por undécima vez las pilas de papeles. Coloca en fila estricta los objetos de su mesa y los observa volando con la mirada sobre esa playa de Formentera de arena impoluta y mar turquesa donde el mundo no es gris y el cuerpo parece más ligero. Tiene hambre, que puede ser angustia, y se levanta, y camina sin rumbo definido mirando a uno y otro lado de los despachos sin alma. Sumergirse en la nada debiera hacerse con sedación. Suspira, y esta vez lo hace a conciencia. Sigue caminando, por mor de la endorfina. Atontados los sentidos, un pie sigue al otro, serpentea por el pasillo, refleja el silencio de voces ausentes y conserva las manos en los bolsillos, a resguardo de la penumbra. Rastrea el lugar sin reparar en los detalles, los conoce de memoria y le importan poco. Tiene hambre y ya sabe de qué. De lo justo. De lo sincero. De anestesiarse. Tiene hambre de solventar lo que dura una eternidad y elimina día a día las neuronas que más necesita: las de la resistencia.

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Foto de BABIOGRAPHY

Elena Silvela

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