Terrores de mi infancia

Era un niño timorato y apocado, con muchos miedos que no sé si aún he llegado a superar del todo, creo que sí, pero algo queda, seguro. Tenía algunos que seguro que crecieron en vuestra infancia. Entre ellos estaba el miedo a la oscuridad o el miedo a las ratas o a algunos insectos como las avispas.

 Pero me fijaré en personas determinadas a las que les tenía un terror indescriptible o que al menos me causaban una rara extrañeza o, simplemente, asco.

El primero de ellos era don Paco, el director de mi colegio, que impartía Matemáticas, Ciencias Naturales y Gimnasia en la que, aun sin haber hecho la mili, aprendí a desfilar y a guardar el paso. Cuando entraba el profesor a clase, daban ganas de esconderse tras el libro de texto con intención de pasar desapercibido. Cuando pasaba lista y oías tu nombre, deseabas que no se deteniese en ti pues fijaba durante un momento su dura mirada en un escrutinio silente pero profundo del que no sabías la intención.

 Lo peor era cuando preguntaba la lección y te tocaba a ti. Te ponías de pie en tu sitio y esperabas las preguntas. Mientras tanto notabas como empezaba a manar de tu nuca una gota de sudor que, en ese mismo instante, se helaba y aumentaba su tamaño hasta deslizarse por toda la columna vertebral, acompañada de un estremecimiento que afectaba a todo el cuerpo. Si no acertabas a contestar o simplemente, no decías nada, la bronca era inmediata y el castigo terrible: desde copiar la lección varias veces y quedarte en el colegio hasta que terminaras o llevarte un pescozón o un tirón de orejas.

Hace no mucho, coincidí con mi profesor en plena calle. Sabía que estaba ya jubilado. Me conoció al instante y se acercó a mí con prisa y con una gran sonrisa:

 -Juan Carlos, me alegro mucho de verte. ¡Qué recuerdos de ti y de la clase! La verdad es que había unos cuantos alumnos entre los que estabas tú que merecíais mucho la pena.

-Don Paco, yo también me alegro de haber coincidido con usted. ¿Creo que ya está usted gozando de un merecido descanso?

-Sí, llevo ya casi dos años de pensionista pero aún me doy alguna vuelta por el cole. Pero…, Juan Carlos –dijo don Paco- no me llames de usted, llámame Paco, por favor.

-Mire usted, don Paco, no me sale –contesté algo azorado a mi antiguo director-. Le tengo tanto respeto que es imposible.

-Bien, como quieras, te entiendo.

 Otro personaje del que huía como del demonio era la señora Sagrario, que tenía el oficio de ir casa por casa a ponernos las inyecciones que nos mandaba el médico. Cuando sabía que me tocaba poner el culo en pompa, no comía, casi ni dormía, en el cole se me iba el santo al cielo a cada instante pensando en lo que me esperaba.

 Me asomaba constantemente al balcón de mi casa y en cuanto la veía aparecer y entrar en el portal de mi casa ya el temblor y la rigidez que le entraba a mi tierno cuerpo era mayúsculo. Notaba cómo mis músculos se petrificaban, cómo no me salían las palabras.

 Y no digo ya cuando la señora Sagrario sacaba del bolso una lata alargada que rellenaba con alcohol al que prendía fuego con un mechero. Allí desinfectaba la jeringuilla y la aguja que reutilizaría más tarde con otra persona.

 Al final siempre me decía, relájate y yo ni caso, si estaba a punto de desmayarme, como una vez me pasó. Mi rigidez aumentaba el dolor que sentía al sentir el pinchazo y al sentir cómo el líquido de la inyección penetraba en mis nalgas.

 Y por último, aunque más que terror me causaba cierto asco y extrañeza, señalo al hombre de los muertos. El de los muertos, como le decíamos. Era el cobrador de seguros de defunción del Ocaso, pero todo el mundo le llamaba “el de los muertos”. Tenía una cara cetrina, oscura, con un pelo negro perfectamente peinado y engominado, con ralla al lado izquierdo y muy lacio. Le caían unas ojeras grises enmarcadas entre unas cejas tupidísimas y unos embolsamientos rojos, sanguinolentos encima de sus mejillas. Me recordaba a aquellos actores como Bela Lugosi que tan admirablemente habían caracterizado a monstruos como Frankenstein. De ahí que no me fuese muy complicado unir su apariencia con una imaginaria vinculación al mundo de ultratumba. “¿Qué haría en su casa con los muertos?” –me preguntaba-: ¿Los diseccionaría, los guardaría enteros o troceados en frascos de formol?, ¿llevaría en esa cartera de la que no se separaba partes de ellos?

 Después he conocido a más hombres “de los muertos”, cobradores de seguros de defunción, y excepto a mi amigo Ruiz, a todos los he visto cortados por el mismo patrón. ¿Acaso los responsables de Recursos Humanos los buscan así?

miedo-en-los-ninos

Juan Carlos Vivó

Juan Carlos Vivó Ha publicado 21 entradas.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *