Tercera Norte – por FERNANDO REVIRIEGO

Un marco blanco. Dos puertas blancas, cerradas. Todo al otro lado de un estrecho pasillo por donde pasan con dificultad las camillas. Y eso que el hospital no es demasiado viejo..

Una habitación también estrecha. Doce sillas incómodas de madera. Una mesita pequeña cuadrada. Gris. Me recuerda a una que tenía mi padre en el despacho del pueblo. Tenía dos; esa y otra más grande y colorida con pistolas antiguas dibujadas. Abogado de las tres pes. Pobres, putas y parientes.

La pared pintada de amarillo suave.  Con el dibujo de suelas de zapatos a media altura. De zapatos nerviosos por horas de espera. Sonido metálico del ascensor que trae y lleva camillas al quirófano.

Reloj con horario cambiado. Permite aliviarse haciendo el comentario de la hora canaria entre gente que no se conoce, que probablemente nunca vuelvan a verse, pero que aguardan lo mismo..

Que se abra la puerta del quirófano y alguien con bata verde o azul nos diga que todo ha ido bien. Que el puto tumor yace en una papelera.. o donde sea claro, que a mi no me gustan demasiado las series de médicos y no se que se hace en estos casos.

Conversaciones banales. Móviles con sonidos variopintos. Conversaciones a voces de mujeres gordas.

Paseantes con bolsa de orines metidas en bolsas de compra. Carraspeos de viejos. Más móviles..

Información postquirúrgica rubrica encima del dintel de la puerta.

Mi madre entró a las 8.30. La besé en la mejilla. Ella sonrió nerviosa. Contuve las ganas de llorar que me invadían. Tenía miedo de no verla más. Pasadas dos horas salió la enfermera.

“..La operación ya comenzó.. todo va tranquilo.. en todo caso antes de las 3 no parece que terminará.. ¿de acuerdo?..”. Voces en el pasillo. Móviles. Camillas. Puertas.

Pasa la muerte vestida cura. De cura gordito y calvo y con gafas de hace medio siglo. Se seca la calva antes de continuar su camino. Carraspea y dice buenos días.

Son casi las tres. Miro el reloj de canarias suspendido en la columna. No se cuánto tiempo ha pasado. Lo miro casi cada minuto. “..Por favor.. Por favor..” se oye gritar al fondo del pasillo. Al poco, el silencio.

Pasa una camilla.  En el momento en que la desaparece se abre la puerta del quirófano. Dice mi nombre. Me levanto de un salto…

Fernando Reviriego

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