Temores – por EVA MARÍA CASTILLO

Se adentró en la noche para entender los motivos. Se mezcló entre los noctámbulos siguiendo la corriente, sin fijarse en nada pero atento a todo y todos…

Desesperado por quitarse de enmedio, no podía dejar de darle vueltas a lo que sabía era un desatino, si pudiera decir lo que pensaba lo diría de seguido.

Callar era obligado, callar era necesario, comprendía que era su vida y tenia que vivirla, tenia que aprenderla, tenia que equivocarse para crecer. Pero miraba, escuchaba, anticipaba y lo veía tan claro que no podía entender que para él no lo fuera.

Callar, morderse los labios, disimular, y escuchar, para no alejarse demasiado temiendo que dejara de compartir su mundo si se sentía cuestionado y le echara de sus inquietudes, de sus palabras incomprensibles para él pero tan iguales a las de siempre. -Tú qué sabrás, no entiendes lo de ahora, déjalo, eso era antes-. Preguntar, pero no mucho, opinar, como si nada, asentir intentando no dejar escapar un pero, una queja, otro reproche.

Intuía el mundo en que vivía, suponía ambientes, ruidos y conversaciones, enganches y rencillas, imaginaba encuentros a ciegas y nada podía hacer.

A veces esperaba en casa abstraído, lleno de imágenes congeladas en su retina sabiendo que le dirá que las cosas le pasan a otros no a él, -exageraciones de viejo que no entiendes-, una duda, una queja, otro reproche.

Continuó andando, deseaba no ser delatado por la edad y sus temblores. Le pareció haber vivido esos rincones, esas esquinas pero en otras calles, con el corazón herido, los recuerdos antiguos se entrevelaban con las escenas de ahora, olores intensos que creía olvidados, los ruidos incesantes, las voces se repetían de nuevo, seductoras, sugerentes.

Sin querer desencajar la aprehensión que sentía continuó despertando aquellos pasos llenos de juventud, locura y sinrazón. Comprendió sin querer aceptar su desánimo, y volvió como la noche, supo lo que tenía que callar, esperando juntos, él y sus temores, a que en silencio regresara para compartir un café sin más reproches.

 

Eva María Castillo

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