Telepatía inducida, por MARINELA FONTOIRA – #relatos

Año 2048. Raimona se dirige hacia el metro, la han citado a las siete y media de la mañana en los Laboratorios Cramtel. Daisy le ha indicado con claridad la ropa más adecuada para la ocasión, es una compañera de piso estupenda; le costó cara, pero ha valido la pena. Es tan pequeña como un grano de arroz; podría haberla comprado incluso más diminuta, pero seguro que en ese caso, a estas alturas, ya la hubiera perdido; por eso la eligió de tres milímetros y de un color verde llamativo. Es muy inteligente, dispone de redes neuronales de última generación y en cuanto Raimona la mira, sus sensores ya saben lo que su dueña quiere.

—Lo malo, Daisy, es que por tu culpa me he metido en este lío y me estoy empezando a hartar. Espero que la entrevista salga bien y George me deje tranquila de una vez por todas.

Las neuronas especulares implantadas en el  granito verde captan en milésimas de segundo las intenciones asociadas a las acciones de Raimona y, según le explicaron a esta, el lector infinitesimal de intenciones no se verá dañado por el plan “George”, de modo que continuará interpretando sus  pensamientos, sentimientos y deseos, para poder interactuar con ella. Daisy está compuesta de módulos que  atienden a diferentes necesidades y, para poder funcionar, tiene que estar pegada a cualquiera de los espejos pantalla del hogar. Cuando no está activada, Raimona la guarda en esa cajita de madera con la tapa pintada en color azul que su madre le entregó ceremoniosamente con todos sus dientes y muelas de leche; “Es una tradición familiar”, le comentó con aquella sonrisa dulce que la caracterizaba. Desde entonces, nunca la había sacado del cajón de la mesilla de noche, pero ahora que ha pasado a ser el recipiente para custodiar a Daisy, cada vez que abre ese cajón, ve todas las piezas dentales desperdigadas y mezcladas con las pastillas moradas que le entregan en su trabajo, supuestamente para desarrollar el potencial cerebral, y que, por supuesto, se niega a tomar. La cajita de madera ha pasado a ocupar un lugar más importante; ahora reposa sobre la encimera de la cocina, de modo que siempre está a mano. En cuanto Raimona saca a Daisy de su sitio y la pega a cualquiera de los espejos interactivos de la casa, su imagen se ve a tamaño humano en todas las habitaciones, y entonces habla con ella como si de una amiga se tratase. Ha elegido la cara y el cuerpo de Simonetta Vespucci, porque la belleza y dulzura de la musa de Botticelli le transmiten tranquilidad. Mientras Daisy habla, la larga melena rubia se le ondula como si hubiera viento soplando, consiguiéndose con ese efecto una mayor expresividad en la cara ovalada y blanca de la italiana.

Siete de la mañana. La parada del metro suele estar desierta a estas horas y, en efecto, hay tanto silencio por los pasillos que solo se oyen las pisadas de sus zapatos de goma. Si no estuviera tan pillada de pasta, no habría aceptado la oferta. Pero claro, me lo pusieron en bandeja. “Doscientos eurotacs menos si, por la adquisición de Daisy, acepta probar a George”, eso fue lo que le ofrecieron en Cramtel cuando compró a su compañera de piso. Raimona, todo va a salir bien. Tranquila. La voz continua de George dentro de su cabeza la tiene agotada. Baja otro tramo de escaleras mecánicas y comienza a recorrer un largo pasillo. Ahora le siguen unos zapatos de suela, se gira para ver quién camina detrás de ella pero no ve a nadie. No te preocupes, Raimona, tú sigue caminando y llega cuanto antes al andén.

¡Raimona!

Alguien con voz grave y masculina la llama y se ríe. Ella llega al andén y, sin ver ni una sola persona a su alrededor, permanece de pie esperando al tren. Las pisadas de los zapatos de suela se acercan y nota la respiración del supuesto hombre invisible en su nuca. Está jugando con unas llaves, ella lo oye perfectamente y, sin embargo, sabe que no hay nadie. El hombre vuelve a repetir su nombre una y otra vez, cada vez bajando más la voz hasta que se convierte en un murmullo infinito.

—¡Cállate! —grita Raimona que ya ha llegado al punto muerto de desesperación.

Se te está acelerando el corazón y no hay motivo aparente. Haz el favor de inspirar hondo y relajarte. Ya se acerca el rugido de los vagones, la voz interior no deja de darle instrucciones y la voz exterior, esa que no viene de nadie, ahora le susurra obscenidades. Raimona no sabe qué hacer, no quiere seguir escuchándola. Por suerte, el trayecto será corto y se bajará en la siguiente parada.

Por fin se apea del vagón. Corre por los pasillos y luego escaleras arriba para llegar cuanto antes a la calle. Cuando ya está afuera y ve el intenso azul del cielo, siente cierta liberación y, por un momento, piensa que el de la voz la habrá “perdido de vista”, pero enseguida puede oler su fuerte aliento. Le da una arcada. Los entrevistadores estarán esperándote. Recuerda bien que mi nombre es George, que te noto muy alterada. A grandes zancadas recorre la avenida sorteando los charcos de agua que han dejado los camiones cisterna en su barrido matutino de aceras. Ve la entrada; los Laboratorios Cramtel están en la planta baja. Las puertas automáticas se abren a su paso y el detector de clientes identifica a Raimona a través del ADN de su cabello. A mí no tiene que identificarme porque voy dentro de ti, no te preocupes. George sigue atosigándola. El guardia jurado duerme sentado en una butaca del luminoso vestíbulo y no se entera de que Raimona acaba de entrar, pero la recepcionista virtual le da los buenos días y le indica que permanezca unos segundos en la sala de espera. Ipso facto el cerebro de Raimona aparece escaneado por control remoto en todos los monitores del centro, y los doctores empiezan a comprobar su respuesta a la implantación de George; esa que le hicieron hace unos días a través de estimulación electromagnética. Ella trata de acomodarse y, con el dedo índice de la mano derecha, hace girar un mechón de pelo de su flequillo pelirrojo, al tiempo que mueve las piernas hacia un lado y el otro sin cesar. El hombre invisible se ha sentado a su lado y juega con las llaves dentro del bolsillo de su pantalón. No ha podido entrar aquí,  es producto de tu imaginación. George continúa comunicándose con ella por telepatía. Se enciende una pantalla de la sala, y los doctores, que a saber en qué punto del planeta están, se dirigen a la chica.

—Buenos días, Raimona. Cuéntanos cómo te ha ido el experimento con George.

—Pues… —ella coge aire y se dispone a contestar— para mí es suficiente con oír a Daisy, porque tener todo el día a George dentro de la cabeza diciéndome lo que tengo hacer, aunque yo no se lo pregunte, me molesta y, además, el no poder desconectarlo resulta muy incómodo.

—¡Raimona!

—¿Lo han oído? ¿Han oído esa voz que me llama? ¿Lo oyen como se ríe? —pregunta Raimona con voz temblorosa, al tiempo que abre mucho los ojos y mira a un punto fijo. Luego musita—: Está sentado a mi lado.

—Raimona, cálmate. La estimulación magnética parece que ha funcionado y has recibido perfectamente a George dentro de ti, pero las frecuencias transcraneales te han producido los tan indeseados efectos secundarios de una esquizofrenia incipiente. Vamos a desconectarte de inmediato de George.

—Gracias —unas grandes gotas de sudor le caen por los costados—. Estoy deseando hablar contigo,  Daisy.

 

marinela cuadro segundo relato
“Siempre habrá una luz detrás” (acrílico sobre madera lacada). Cuadro de MARINELA FONTOIRA

Marinela Fontoira

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