Tecnología, Idempotencia y Personas – por JAVIER PECES #escritos

La mente privilegiada es una cosa, y la del común de los mortales es otra muy distinta. Funcionan diferente, como si el humano inteligente perteneciera a una especie y el humano corriente formara parte de otra.

Curiosamente, la tecnología empezó a desarrollarse en clave de sencillez y por eso era adecuada para casi todos los públicos. Hablo del punto de vista del uso, no de su diseño y fabricación. Los primeros televisores tenían un botón de encendido y apagado, y el mayor avance en años fue una segunda tecla con la etiqueta VHF-UHF. Veías “la primera cadena” o “la segunda cadena”. Los duros del régimen querían que la primera fuese “el canal nacional” y que se dedicase “el segundo” a emisiones locales y cosas para raros. Documentales y eso.

Al mismo tiempo, los primeros ordenadores recibían una batea de tarjetas de cartón con perforaciones realizadas en puntos estratégicos de su superficie. Una casilla agujereada representaba un “uno”. Si no tenía agujerito, entonces era un “cero”. Así se escribían los primeros “programas”, diseñados para realizar la tarea que se asignase al efecto. Al final de un proceso puramente secuencial, solía obtenerse un buen taco de “papel pijama” con los resultados apetecidos. Informes, facturas, estados de cuentas o una mezcla de todo ello. Las cosas empezaban por el principio y acababan al final, cosa que el cerebro humano de talla media agradecía por fácil y adecuada.

Pero llegaron las inteligencias superiores, y con ellas los eventos no planificados. Cosas que podían ocurrir en medio de la siesta. Esto no gusta al ciudadano corriente, salvo que la interrupción le saque de algo rutinario y desagradable. Si está haciendo algo que le satisface o beneficia, cualquier distracción es poco apreciada. Sin embargo, las mentes privilegiadas encuentran mil ventajas a los comportamientos que no son lineales ni secuenciales.

En un mundo dominado por lo imprevisible, perdemos una de las agarraderas que más y mejor nos sujetan al mundo: la idempotencia. Es decir, la certeza de que obtendremos el mismo resultado si realizamos repetidamente la misma acción. Tenemos un objeto en un estado, aplicamos una fuerza sobre él, y con ello cambiamos sus propiedades. Si esta acción no es repetible, perdemos el control sobre el objeto. Eso no nos gusta.

El ejemplo típico de las matemáticas nos lleva a los dos únicos números reales que son idempotentes para la multiplicación, el cero y el uno. Multiplicando por sí mismo un número idempotente siempre obtenemos el mismo número. Parece como si esto mantuviera cohesionada la galaxia entera. Por desgracia, no encontramos la misma estabilidad en los objetos tecnológicos de uso diario. Aplicamos varias veces la misma acción sobre uno de ellos y obtenemos resultados dispersos. Se nos está escapando la constante interacción que realizan en segundo plano, a nuestras espaldas, y la forma en la que inciden millones de factores externos -unos previsibles, otros aleatorios- sobre cualquier pieza de equipamiento, por pequeña que sea.

El avance de la sociedad requiere tecnología previsible, adecuada a la inteligencia media, en coexistencia pacífica con el equipamiento puntero que las personas más avanzadas necesitan para su desarrollo. Una máquina de escribir en manos de un gorila no producirá el Quijote. Por mucho que sea la mejor del mercado. Y lo opuesto también se cumple. Los cerebros privilegiados no pueden desarrollar su brillantez si la máquina más avanzada de que disponen es una antigua máquina de escribir. Esto va en contra de los intereses de los poderosos, que prefieren invertir una vez y multiplicar por millones de objetos iguales su beneficio, aunque a unos les sobre el noventa por ciento del aparato y a otros se les quede muy corto.

Los objetivos de una sociedad se diluyen si se permite a los individuos peor intencionados tomar el control. Esto se ve favorecido si la sociedad renuncia a dotarse de herramientas adecuadas para su desarrollo. Unas leyes que no cortan de raíz la corrupción, unos tribunales mal dimensionados y unas personas con intenciones aviesas llevan a la destrucción del colectivo. Del mismo modo, las personas poco capacitadas se hartan de una tecnología que no se ajusta a sus necesidades y a sus esquemas mentales. Y lo mismo pasa si juntamos unos procesos productivos contaminantes, una legislación permisiva y unos colectivos más interesados en el beneficio económico que en la preservación del planeta.

Por eso cualquier forma de evasión es muy útil a los intereses del oligarca. Si el fútbol o la telebasura ocupan, un suponer, el cien por cien de la atención de las masas, ellos tendrán las manos libres para manejar a su antojo los hilos de la sociedad. Sólo podemos romper esta tendencia poniendo en manos de la gente un buen montón de recursos asequibles a su nivel intelectual, pero productivos y no destructivos, activos y no pasivos, enriquecedores y no alienadores.

Mil formas de suicidio, más o menos placentero, nos contemplan en la comodidad de nuestro sofá. Esta sí es la zona de confort que nos amenaza. Tal vez sea traumática la liberación, pero es imprescindible si no queremos legar un planeta inhabitable a nuestros hijos y nietos.

El mundo de la tecnología ya ha empezado a caminar en esta dirección, junto con otros muchos colectivos. El software libre, las redes sociales, los médicos sin fronteras y otras muchas organizaciones -a veces, sin ánimo de lucro- han empezado a cambiar el paradigma. Es cierto que muchos se suben a esos carros intentando repetir el esquema capitalista en su interior, pero está en nuestra mano desenmascarar esos comportamientos y echarlos para siempre de la sociedad.

 

Albert_Einstein_Head

Javier Peces

Javier Peces Ha publicado 35 entradas.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *