«Te pido Perdón» – por E. SILVELA

Siempre me he preguntado qué encierra más dificultad, ¿arrepentirse o pedir perdón? Arrepentirse es una consecuencia del remordimiento, ¿o es una evolución del tiempo? Quizá -muy probablemente- esté ligado a la integridad de la persona. ¿O a la conciencia? Sí. Sí es un hecho común a los mortales. ¿Quién no se ha arrepentido en algún momento de su vida? Me atrevería a decir: nadie. El siguiente paso lógico al arrepentimiento sería pedir perdón al ofendido, en el caso de que lo hubiere. Es lógico mas no siempre automático. ¿Es más difícil pedir perdón que arrepentirse? Pues no sé bien qué contestarme. He visto y comprobado en propias carnes y ajenas que aún a sabiendas del atropello cometido, pedir perdón resulta tremendamente humillante en ocasiones. Hasta tal punto llega la sensación de doblegamiento que se prefiere obviar el paso. El proceso se trunca y el arrepentimiento sirve de poco. Como todas aquellas sensaciones que nos guardamos para nosotros, el arrepentimiento sin manifestación pública de perdón hacia el agredido se enquista, encalla en algún rincón de nuestra alma y hace bien poco servicio.

Recuerdo las palabras de Óscar Wilde en su libro «De profundis«, sientan como un guante al tema. Pocos escritores encienden en mí una envidia como éste. Envidia por el contenido de su escritura, por lo que relata y la forma de mostrarlo al mundo. Toda una maestría la de Oscar Wilde. Decía en su libro «Claro está que el pecador ha de arrepentirse. Pero ¿por qué? Sencillamente porque de otro modo no podría comprender lo que ha hecho. El momento del arrepentimiento es el momento de la iniciación. Más que eso. Es el medio por el que uno altera su pasado.» Estas sencillas frases encierran un quiz fundamental en la existencia. Porque, efectivamente, uno se arrepiente en el momento en que su mente abarca la inmensidad del océano y comprende lo ocurrido. En toda su extensión, con las consecuencias y daños producidos a destinatarios que probablemente ni lo merecían, ni lo habían pedido.

Comprendido el asunto y con la plena conciencia de portar un arrepentimiento, resta la fase pública. «Te pido Perdón». Tres palabras dirigidas al ofendido. Sencillas. Sencillas y altamente complicadas de decir. Porque en ellas hay que ahogar el orgullo, bajar la cabeza aunque fuera figuradamente e implorar. Sí, he dicho implorar; el Perdón coloquialmente se pide, pero en la práctica se implora. Es la fórmula más adecuada, la que muestra realmente la intención y deja al descubierto la necesidad de un determinado Perdón. Como todo en la vida, tiene también una ventaja. Muestra la nobleza; la intrínseca, personalísima y grandiosa nobleza de la persona, la que permanece como una estela más allá de la muerte. Porque a las personas que uno quiere y lleva en el corazón se las recuerda por sus actos nobles y no por sus desatinos.

Todo ello sin entrar en matiz alguno religioso. Hasta la semana que viene.

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Foto de babiography.net

Elena Silvela

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