Tan extraño te sientes, por PILAR RUBIO – #relatos

A las 23:30, viniendo de Palencia, solo y en mitad de una tormenta, estoy borracho. Claramente borracho. No es para estar contento, ya lo sé. No voy a decir que fue sin darme cuenta. Una botella y media de whisky en una tarde… lo normal, es que acabes muy borracho. ¿O fueron dos? Los limpiaparabrisas van marcando un compás un poco lento. Impotentes en medio del diluvio, bracean. Como yo braceaba en mi tromba de miedos, contra el mundo, hace una hora, cuando el mundo contaba con una vida más. Intentan que pasemos el Mar Rojo. Azul noche más bien. Con ribetes en blanco deshaciéndose en gotas. Salpicando. Entrando por la ventanilla que he dejado abierta. Para que  entrara el agua. Para que mi cara mojada no me deje dormir. Para que el ruido de los árboles que pasan me haga bien presente que esto es una huída, una carrera. Que todo quedó atrás, en el pasado, cuando aún existían sombras, creadas por una luz nubosa y blanquecina. Antes de bucear en la negrura oyendo los compases en la lluvia. El ruido del motor recita una monserga que yo no quiero oir.  

No sabía que pudiera llover así en Castilla. No es lógico. Si Castilla no existe. Decorado amarillo en el que dibujar caminos sin final. Para encontrarte a gusto desde dentro de un coche. Para que puedas exhumar la palabra horizonte. Para sentirte culto recordando a Machado. Para comprarte un queso. Para echar gasolina. Notarte silencioso. Soltarle algo en inglés a un tipo en Soria. De puro gilipollas que te vuelve el ambiente. Tan extraño te sientes. Resulta que esos carteles con nombres imposibles, colores de otro siglo, apuntando hacia fuera del mundo que conoces, señalando caminos mordidos por los lados, indican donde hay gente. Callejas de adoquines, bares y casitas rurales que estuvieron de moda hará unos años. Alli puedes pasar el día, encerrado en un coche grande, gris y solo. Como me siento yo cuando me miro la barriga. Desempañando de vez en cuando los cristales con la mano. Sintiéndote un imbécil. Como se siente mi Mercedes estando ahí aparcado, entre viejos modelos de Seat y Renault. Como me siento yo oyendo hablar de acciones por la radio. Y encima están bajando. Dándole a la botella de Macallan, enfrente de un portón por donde saldrá Eva con uno de esos Miche, satisfecha. ¡Hijos de la gran puta!

“La vida hay que vivirla”. “El cambio eres tú”. “Nada está escrito”. Yo me lo creí y fui tras ella. Eva. No podía ser de otra manera. Si yo puedo cambiar, quiero cambiar con ella. Quiero cambiar en ella. Si puedo por una vez dejarme atrás quiero acercarme a ella. Una última vez. La Vez. Y Eva se rió. Nunca creyó en los libros de autoayuda. En mí tampoco. Desde aquel día de abril.

-A buenas horas- Aún puedo ver sus ojos achicándose, su boca conteniendo una sonrisa.- Anda déjalo ya, Eduardo. Estamos bien así.

Ella desde luego estaba bien. Estaba bien con Miche. No me extraña. Cualquiera de mis hijas hubiera estado bien también con Miche. Siempre que no quisiera que él pensara. Un excelente profe de pilates. Muy bueno en eso de correr también. Imagino que en todas las distancias. Y a mí a estas alturas lo que me va es el fútbol. Por la tele. ¿Pero y la intelectualidad y la cultura? ¿Los libros y conciertos? ¿Y las citas en griego y en latín? ¿Las charlas sobre historia? Supongo que quedaron acumulando polvo en el sofá. Polvo en el sofá. Seguro que Eva le dio un nuevo sentido a todo aquello. Encontraría el saber en tardes de tormenta y poblachos que antes no le llamaban la atención. Eso decía. Antes. Cuando existían el latín y los conciertos.

Tras mis cristales, tras sus cristales empañados, aburridos de gotas, en el bar, bultos en boina arreglan el país, juegan al tute. Uno se alejó de su grupo, se perdió, e imprudente, asalta mi ventanilla a nudillazos. Podría hablarle en inglés. Pero me paro a tiempo. Sin mojarme la mano, sin quitar el vapor que cubre los cristales, me estoy haciendo el muerto. O el dormido. Se ha cansado y se va, cuando veo salir a Miche. Encapuchado, vestido de capullo, inesperadamente solo, viene a correr un rato. Vamos a ver si corres de verdad.

Por las calles ya oscuras, saliendo del pueblo, Miche corre. Lo hace bastante bien. No era mentira. Mi coche va detrás. Él no se vuelve. Sólo quiere correr. Quizá le falta el aire. Sólo intenta seguir. Pero se parará. Se tendrá que parar. Yo dejaré por fin de bracear con mis miedos. Sabré quien soy. Quizá no sea para estar contento, pero sabré quien soy.  

A las 23.30, viniendo de Palencia, solo y en mitad de una tormenta, estoy borracho. No debería. No me sienta muy bien, ya me avisaron. El ruido del motor recita una monserga que yo no quiero oir. Espero que mañana al despertar todo se vea más claro. Hoy me encuentro algo raro. Como hablando en inglés a alguien de Soria. Creo que tengo que cuidarme un poco más. La mirada de Miche me repite como una de esas comidas castellanas. Por fin se dio la vuelta. Sus ojos deslumbrados por los faros. Sus ojos. El terror en su rostro. Su rostro hundiéndose como el de un muñeco en un guiñol. Un golpe de compás allá en el parabrisas. Algo se está metiendo debajo de mi coche. Las ruedas encabritadas sobre un bulto. El motor recitando su monserga. Ya no se callará.

 

tan extraño

Pilar Rubio

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