Tan efímero – por EVA MARÍA CASTILLO

Llegué deprisa, casi corriendo, temiendo no encontrarlo allí, con la esperanza de que al menos él hubiera permanecido fiel a la promesa que hicimos.

-…Cuánto tiempo haría falta para curar esta herida de nuevo abierta, cuando creímos que era firme nuestro deseo de permanecer unidos, perdonando y cediendo, no habían sido lo suficientemente fuertes para resistir juntos…-

Allí estaba el que dejamos grabado con nuestros nombres. Busqué el consuelo de aquel día en el que, abrazados, hicimos del instante un lazo eterno.

Sin querer mirar, sin poder evitarlo, la ví. Percibí su misma inquietud reflejada en el momento en que encontraba el suyo. Me distraje mirando otras fechas, otros nombres, siguiendo el círculo de anillos que le acercaban, saltándose la vida compartida en cada uno de ellos, las coincidencias y confidencias que habrían llevado a acabar allí, encadenados, igual que otros, perdurando en el tiempo y el deseo inalterable prometido, tan efímero.

-…Qué jugada del destino, qué locura infantil pensar que así hubieran sellado su amor, confiados en la fuerza del anhelo por estar siempre juntos…-

Me acerqué temeroso de sus palabras o su silencio, mirando cada uno la misma fecha con distintos nombres, juntos en el mismo sueño al lado de otro nombre.

Este el mio, el suyo al lado, oyéndola respirar entrecortada, esquivando el roce de los dedos en la confirmación de lo que ya ni era resquicio de la sombra dibujada del otro, ni era real el deseo de que volvieran a repetirlo, se nos dibujó esa sonrisa amarga del recuerdo que creían inalterable.

-…Qué sería del impulso que les llevó a acercarse, entonces, cogidos de la mano, grabando nombres y fechas de aquel día sin memoria del tiempo lleno de proyectos…-

No nos hizo falta mirarnos, aunque desconocidos en nuestro pasado y tan incómodos en el presente, ambos sabíamos que de lo vivido sólo perdurarían esos candados ahora anónimos, vacíos en los nombres y silenciados en el día que se encadenaron con la ilusión de la eternidad. No quedaba ya ningún gesto que pudiera avivar lo ya inevitable.

-…Qué otro intento podría hacer que asegurara la firmeza del eslabón que perdieron con su retirada al cerrarlo…Qué infalible enlace les mantendría en el compromiso de su presencia en anhelos y sueños compartidos…-

-…No, no volvería a repetir esa parodia de promesas incumplidas, dejaría que cada nuevo día marcara el tiempo de presencia, entrega y renuncia…-

Me atreví a acompañarla en su vuelta a la certidumbre del ahora, en la indecisión de los pasos lentos que nos alejaban de allí y nos acercaban con la soledad sobrevenida en este futuro por reinventar.

Sentí frío y me apetecía un café, me atreví a susurrar, y ella sin contestar, adaptó su paso y la vida.

 

Eva María Castillo

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