También era primavera en Limpopo – por LOBO ILUSTRADO

Florecía la pradera silvestre y ya estaban germinando la avena loca, la ballica y la magarza, lo que dificultaba más aún mi paso a través de los pastos, sumado a la pergaña que se acumulaba en las botas después del agua caída en los días precedentes. Me había detenido a observar el mosaico de colores que dibujaba el herbazal, donde emergían jaramagos, albejanas, dientes de león, calendulas campestres, cardos de uva cuyo brote es el deleite de la oveja merina. En el entorno más montuno se percibía el aroma de la estepa y ya se sabe: “Cuando la flor de la jara sale, la cierva pare”.

Con el hálito que desprendía la hierba todavía mojada y la mirada perdida en el vasto pastizal, mis pensamientos me transportaban, de nuevo, al sueño africano. Dicen que el campo te puede entrar por los ojos o por la piel; si te entra por la piel quedas enganchado de por vida y, tratándose de África, por toda la eternidad.

Esta segunda juventud que tira de mí y un puñado de valiosas experiencias en el morral hacen que la cuestión del asilvestrado austral siga estando muy presente. Y entonces, en mi dulce delirio, me recreaba con la visión de Tara sumida en el rastro de un nyala, junto al lobo que deviene en chacal en medio de la embriaguez sensorial que suscita la sabana arbolada. Pero, de pronto, había vuelto en mí por el brutal estruendo que me alertaba del conato de tormenta seca que se vislumbraba en el horizonte…. A tiempo de tomarme el último chupito del mejor destilado de campo español.

 

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