Sueños grandes y pequeños – por JAVIER PECES

España no avanza. ¿Es culpa de las diferencias? Tal vez.

Estoy seguro de que, si preguntamos a emprendedores de muchas latitudes…
[N. al M.: emprendedor es la denominación moderna del quiero-ser-empresario-pero-no-tengo-un-euro] … casi todos dirán lo mismo. “Quiero ser inmensamente rico”. No hay distinción. El alemán porque es alemán, y el español porque es español.
[Otra N. al M.: Igual encontramos uno con turbante que tiene otras metas, pero voy a circunscribirme al entorno que nos ha tocado vivir…]

La diferencia se manifiesta cuando ya es rico.

En nórdico, se piensa en hacer crecer la empresa y en ampliar su círculo con más miembros de la sociedad. Más clientes, pero también más empleados. Más beneficios, pero también profesionales mejor pagados. Más y mejor calidad y funcionalidad para los clientes, pero también mejores condiciones de trabajo para los empleados.

En latino, se piensa en una enorme mansión, un fastuoso velero, un veloz automóvil deportivo y una espectacular pareja recauchutada.

Lástima que los sueños hechos realidad del españolito-bajito-calvo-y-con-mala-leche no satisfacen sus aspiraciones más allá de unos cuantos meses.

Cuando se ha gastado los beneficios en cosas de aparentar, vienen las taimadas administraciones públicas a obtener su parte del botín en forma de tasas, impuestos y gravámenes. Llega la panda de los cinco malditos: el IBI, el IVA, el IRPF, el impuesto sobre el lujo y el de sociedades. Y el sector privado no se queda atrás. La banca miserable quiere que le devuelvan el dinero que prestó, y los tipos de cambio han evolucionado en los mercados financieros. O sea, que pagues más.
Ahora no queda pasta para todo eso, panda de sanguijuelas. Búscame un experto en fraude fiscal. Ah, no, que ya de eso no queda. La Hacienda pública se ha informatizado hasta el punto de poder contarte hasta las pulgas del caniche.

Una vez tuve un jefe galés que ganó tanto dinero que… no.

No se cambió el Skoda por un Ferrari. No se compró un avión privado. Siguió viviendo en la misma casa. Acomodada, ni mucho menos un cuchitril, pero nada que ver con las de los empresarios de moda todo-fachada-nada-en-la-trastienda.

Dedicó el dinero a bajar los precios de sus productos y a expandir el negocio más allá de las fronteras naturales de su isla natal. Y todavía le sobró para regalar 1.500 libras esterlinas a cada uno de sus empleados cuando se jubiló.

Su retiro no será doradísimo, pero podrá pasear por las calles de su ciudad recibiendo muestras de cariño y respeto de sus conciudadanos. Y seguirá visitando Sevilla con la misma ilusión de comprarse unos zapatos y comerse una ración de jamón. Cincuenta euros la avería, como máximo.

Nada que ver con los que hacen dinero fácil y rápido por aquí.

¿Podemos llegar algún día a ser así? Tal vez. Pero nos queda un largo camino por recorrer, y ni siquiera somos conscientes de que hay que empezar a andar.

 

Javier Peces

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