Suena parecido… pero no es igual

Una colaboración de REBECA LLAMAZARES

Enamorarse es un asco. Sí. Tal que así. Es eso por lo que, como ya dijo Gabino Diego en un monólogo, deberían darte una baja por enfermedad en el curro y por lo que, si vas solo en tu coche un domingo cualquiera, no puedes oír Carrusel Deportivo sino una cinta a la que en un alarde de originalidad has puesto el nombre de “lentas”. Bueno, ahora lo hacemos con Spotify, pero el principio es el mismo.

Enamorarse es vivir en el mundo de las ideas, de tus ideas, y pretender que otro ser humano se compre un piso carísimo (y que acabará teniendo goteras) en ese mundo. Es pasarse la vida entre mensajitos irrelevantes, que en el mejor de los casos sólo repetirán lo mucho que os queréis y, en el peor, se limitarán a dar datos importantísimos sobre el día a día, tipo “cuando salga de la reunión me voy a tomar café porque hoy tengo sueño :*****”. Es ser feliz con esos mensajitos y mosquearse cuando el sujeto paciente de nuestro enamoramiento olvida contarnos que se ha cruzado con el frutero camino de la oficina, porque hay que ver lo poco que piensas en el otro cuando no le cuentas todos y cada uno de esos insignificantes detalles. Es ver la vida a través de los ojos de otra persona, cuando lo más probable es que tenga tantas dioptrías como tú, protestar cuando nos dejamos los dientes en un adoquín y echarle la bronca porque, con lo barato que va el láser últimamente, no se haya operado por nuestra propia seguridad.

Y así te pasas la vida, en contemplación filosófica y teórica de tu propia historia de amor, suponiendo que todos entendemos eso de “querer” de la misma manera, vomitando arco iris a ratitos y pensado lo asquerosa que es la vida el resto del tiempo porque, como sabe cualquiera que haya leído a Platón o vivido más de 5 minutos, nunca nada es tan perfecto en la realidad como lo es en nuestra imaginación. Al final, tras 2 meses o 10 años, el enamoramiento se acaba. Continúan los llantos, esta vez más sonoros y mocosos de lo habitual, toca devolverse las fotos y los rosarios de las respectivas madres y odias a quien te hizo vagar por el infierno para acabar en el desierto.

Enamorbosearse es otra cosa. Y es genial. Es tan real que lo puedes cortar con un cuchillo, pero no lo haces porque te encanta como es. Es dejar de vivir en ese mundo de las ideas y vivir en el de la piel. Es disfrutar de las sensaciones que te provoca estar con esa persona. Y todas esas sensaciones contribuyen a la paz interior, que es lo más parecido a ese otro concepto teórico que llamamos felicidad.

Enamorbosearse es disfrutar de la comodidad que te da estar con alguien haciendo el tonto 3 horas mientras recuerdas cuáles eran tus dibujos animados preferidos de niño (o de mayor, que yo la asignatura de mudar de vicios decidí dejarla para septiembre de 2087). Es que en medio de esa estúpida y divertida conversación no puedas evitar buscar una pared contra la que empotrar o ser empotrado. Es acabar hechos una maraña en el suelo o entre las sábanas y preguntar de repente “ha estado genial, ¿pero tú preferías a Superman o a Spiderman?” y echarte a reír. Es perder la dignidad comiendo cualquier guarrería salida del Carnegie Deli con los dedos escurriendo nata agria y que te dé igual. Porque no eres perfecta. Ni falta que te hace. Ni a ti ni a quien tienes delante. Con lo divertido que es limpiar esa gotita traviesa que siempre cae en el escote.

Enamorbosearse es tener un mal día y no hacer un drama por ello. Porque es un día y no pasa nada. Si no eres el orgulloso poseedor de un maletín nuclear o de un par de bombas llenas de bichitos de los malos, que tengas un mal día no acaba con el planeta. Ni siquiera con tu barrio. Y no, “gatillazo” no es el nombre del disparador de los misiles.

Enamorbosearse es darle a las risas la misma importancia que a los orgasmos. O incluso más. Es la confianza necesaria para provocar unas y disfrutar otros. Es sentirte bien queriendo a alguien. Sentirte a gusto en tu piel. Sentirte a gusto oliendo la piel del otro. Sentirte a gusto eligiendo entre cine y teatro y no haciendo un drama porque en ese momento las mariposas del estómago hayan ido a tomarse una caña (aunque a mí eso de los teóricos bichos en el aparato digestivo me haga pensar en algo relacionado con yogures y parásitos). Sentirte a gusto clavando astillas bajo las uñas del que juntó los amores sufridos y los quereres. Por lerdo.

Y el día que esas sensaciones se agotan, porque lo de enamorbosearse tampoco tiene que ser eterno por definición, pues se agotan. El mundo real es así. Pero estar enamorboseado ha sido tan divertido que no te quedas en un rincón llorando. No odias a quien te lo ha hecho pasar bien. Al contrario, estás agradecida y orgullosa de habérselo hecho pasar bien. Sabes que ha valido la pena. Y no te arrepientes de nada.

 

Las dos Castillas

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